sábado, febrero 03, 2007

El manantial de la amistad

En el año 1248, la ciudad de Sevilla estaba en poder de los almohades, que habían sucedido a los almorávides en el poder de Al-Andalus..

Las tropas de Fernando III asediaban la ciudad sevillana desde varios flancos. En el sur montaron un gran campamento donde el Maestre D. Pelayo Pérez Correa, enfermo por las heridas de una flecha enemiga, recordaba los últimos años de continuas guerras. La fiebre le hacía soñar una mezcla de imágenes de las batallas y de la paz.. veía cómo era investido gran maestre de la Orden de Santiago en Mérida.. de pronto aparecía en el sueño la Cruz de Santiago goteando sangre... cabezas cortadas de musulmanes rodaban a sus pies.. también veía en sus sueños al Infante D. Alfonso (sería Alfonso X de Castilla a quién serviría durante años...) la imagen del infante se mezclaba con la de su padre, el rey Fernando III en uno de sus ataques de hidropesía... finalmente el sueño le hacía evocar la infancia, en su tierra portuguesa donde pasaba sed, mucha sed... despertaba bruscamente pidiendo agua.

Al cuidado del Maestre D. Pelayo estaba Juan de Osuna, quien humedecía los secos labios intentando calmar su sed.

El caluroso verano de 1248 hacía muy dura la conquista de Sevilla. Llevaban varios meses combatiendo sin descanso, desde el año anterior. Atrás quedaban los recuerdos de tantas ciudades: Cabra, Marchena, Zafra, Morón... todas pasaron a la corona de Fernando III y ahora quedaba Sevilla.

Como la fiebre no bajaba y el Maestre seguía delirando, su asistente Juan de Osuna decidió llamar a Omar, un musulmán de los quinientos que el Rey de Granada había enviado para ayudar a Fernando III. Decían que Omar tenía poderes como un médico y había sanado a muchos heridos. Cuando el musulmán llegó a los aposentos de D. Pelayo pidió que les dejaran solos. Tomó la mano derecha del Maestre y mirando fijamente a sus ojos dijo unas frases en árabe. Durante dos días el musulmán hizo varias visitas repitiendo el rito.

El contacto de Omar resultó para D. Pelayo milagroso, ya que fue sanando progresivamente y lo más sorprendente es que cada vez cogía la mano del Maestre la sed desaparecía sin necesidad de beber agua.

Cuando por fin D. Pelayo se sintió completamente sano, agradeció los cuidados de Omar y le nombró caballero personal, manteniendo una verdadera amistad. Le resultaba admirable los poderes que tenía, sobretodo que cuando Omar estaba a su lado, ya fuera en la batalla, con el calor y el cansancio, nunca tenía sed.

Pero la gran amistad del Maestre y el musulmán no era bien vista por todos los guerreros. Algunos murmuraban que no era bueno para la fe cristiana ni para los objetivos de conquistar Sevilla.

Una noche, cuando Omar regresaba a su tienda, fue atacado por dos de los combatientes cristianos que le envidiaban. El cuerpo del musulmán fue atravesado por las traidoras espadas y quedó agonizando cerca del campamento bajo la luna sevillana.

Al día siguiente todos los que formaban el campamento despertaron con tal sed, que bebieron todo el agua que había en los cántaros, dejando vacíos todos los recipientes. Don Pelayo, quien también sufrió la sed hizo llamar de inmediato a su amigo Omar, pero el árabe no estaba en su tienda. Después de buscar por todo el recinto militar y alrededores llegó la triste noticia: había sido encontrado muerto cerca del campamento, entre unos árboles completamente desangrado. Al ver el cadáver de su amigo D. Pelayo juró venganza para los traidores y rápidamente comenzó a hacer averiguaciones sobre los asesinos, pero todo resultó inútil ya que nadie sabía nada respecto a la muerte del árabe.

Sumido en una profunda tristeza, D. Pelayo recordaba los buenos momentos que pasó junto a Omar, mientras el ejército comenzaba a pasar cada vez más sed ya que no había agua y el calor era más agobiante.

Al atardecer, el bochorno del verano no descendía y cuando iban a dar sepultura a Omar, comunicaron al Maestre las defunciones de dos soldados completamente deshidratados, pero antes de morir habían confesado su participación en el asesinato de Omar.

Ante la tumba de su amigo, D. Pelayo inclinó las rodillas y dijo la siguiente plegaria: ¡Descansa en Paz amigo Omar, que tu Dios Alá te de la gloria, ya se hizo justicia con tus asesinos! ¡Ojalá llegue el día en que los hombres puedan vivir juntos sea cual sea su Dios y aunque el color de la piel y costumbres sean diferentes!. Pronunciando esto clavó enérgicamente su espada en la tierra brotando de la brecha que hizo, un manantial de agua que poco a poco comenzó a inundar los alrededores del campamento.

El manantial abasteció sobradamente las necesidades del ejército de Fernando III, pudiendo tener agua durante los meses de asedio a Sevilla sin ninguna escasez.

El prodigio causado por la espada de D. Pelayo fue rápidamente extendido y comentado entre las tropas, quienes llamaban al lugar "El manantial de la amistad", sin embargo los futuros intereses de algún monarca de las dinastías venideras logró cambiar el nombre del lugar por otro más útil a sus deseos totalitarios, el nombre pasó a ser "La Fuente del Rey", atribuyendo el fenómeno acaecido a otros intereses completamente distintos a los de la amistad entre los hombres. Sin embargo dicen que los que acuden al manantial mantienen su amistad para siempre.


Laguna de Fuente del Rey, Dos Hermanas (Sevilla)

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