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martes, noviembre 16, 2010

Kiki de Montparnasse

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Man Ray - Blanco y Negro

¿Voy a tener que dormir debajo de un puente? Casi...

TUVE QUE DEJAR el taller porque el amigo de Robert volvió de Bretaña. Afortunadamente, antes había conocido a todo un grupo de artistas. Todos estaban en la miseria, como yo, pero me presentaron a un hombre joven que estaba enamorado de mí. Era el hijo de un dentista de Montparnasse y le encantaba ir con artistas.

Cuando se enteró de que yo estaba otra vez en la calle, me dijo que uno de sus amigos tenía un pequeño cobertizo detrás de la estación de Montparnasse, casi debajo del puente Edgard-Quinet. Fuimos allí. Era un lugar muy pequeño, lleno de sacos de arena, pero podía dormir encima de ellos. Estaba acostumbrada a soportar casi todo, pero tenía miedo del frío de la noche. Por eso, todas las tardes mi pretendiente me dejaba su abrigo y por la mañana, antes de ir a trabajar, se pasaba a recogerlo.


Era mejor que la calle o que una cama que te ofrecen con la esperanza de que devuelvas el servicio con algún tipo de favor nocturno. No estaba tan mal. Por las tardes, recibía a mis amigas. Pero cuando helaba, no podía aguantarlo.

Una noche estaba con la modelo de la que he hablado, a la que aquella furcia había mandado a Saint-Lazare. Hacía un frío terrible. El frío de la campaña de Rusia no era nada comparado con aquello. A pesar de estar cubiertas las dos con el abrigo de mi amigo, no hacíamos más que tiritar. Se acordó entonces de un polaco, un tipo simpático para el que ella había posado desnuda para unas postales. Me tentó diciéndome:

-¿Sabes? Te acoge sin intentar aprovecharse de ti y, además, te da siempre algo de comer. No te pregunta si te gusta o no, pero todo el mundo está siempre tan hambriento que nadie lo rechaza: hace té con tostadas y manteca salada.

Oír aquello me dio alas. ¡Manteca salada! La adoraba. Me recordaba las meriendas que nos hacía mi abuela cuando éramos pequeños.

Corrimos a buscar algo caliente que comer al callejón Falguière, donde vivía el polaco. Queríamos calentarnos y, además, teníamos miedo.

Durante la guerra, todo estaba apagado de noche y no se veía nada. Por fin, llegamos y subimos de puntillas la pequeña escalera que llevaba a su taller. A través de las rendijas de la puerta desvencijada oímos risas y bromas de gente. Desgraciadamente, ya había alguien con él.

Mi amiga me dijo entonces:

-Será mejor que esperemos un rato, puede que se vayan pronto.

Nos acuclillamos en los escalones. Allá dentro hacía casi el mismo frío que fuera, y yo tenía los pies mojados. Enseguida los sentí helados. Los sabañones me dolían mucho. Permanecimos frente a la puerta más de dos horas sin atrevernos a llamar. Para colmo de males, oíamos sus risas y la voz fuerte de un hombre que decía:

-Vamos, querida, tómate otra tostada, no seas vergonzosa. ¡Es posible que mañana no puedas hacerlo!

¡Y el glu-glu del té en las tazas! Un auténtico suplicio. Los ruidos que escuchábamos hacían que me imaginara sus bocas arrugadas con un gesto coqueto para soplar y enfriar el té.

La puerta estaba carcomida y me distraje por unos instantes observando las manchas de la luz que se filtraba. Parecían gusanos brillantes pegados en la madera. De pronto, oímos unos pasos furtivos, rápidos, de alguien con prisa. Era un vecino que entraba.

Bajé a toda prisa y me di de bruces con un ser extraño, tanto por su aspecto como por su carácter. Se llamaba Soutine y tenía ya la fama de ser uno de los mejores pintores de París. Como lo conocía de haberlo visto alguna vez en La Rotonde, lo llamé y le dije:

-Soutine, estoy en la calle con una amiga. ¿No nos puedes dejar algún sitio para dormir?

Sin detenerse, me respondió:

-Si queréis, venid a mi casa.

Mi amiga se pegó a mí y corrimos la una detrás de la otra. Soutine no decía nada. Parecía que tampoco había hecho ningún exceso culinario aquella noche.

Entramos en su taller y nos señaló su cama. Como seguíamos tiritando de frío, comenzó, siempre sin hablar y con un frenesí que nos hizo sentirnos seguras, a romper los pocos muebles que le quedaban.

Hizo un buen fuego, pero no le dimos las gracias desde la cama. Nos parecía que si le decíamos algo le iba a molestar. Nos limitamos a mirarlo con ojos de agradecimiento, porque comprendíamos la belleza de su gesto.

Luego se instaló él en una vieja butaca de mimbre -lo único que se había librado del fuego- y los tres nos dormimos.

Soutine está considerado hoy como uno de los grandes pintores de nuestra época. Lo he visto hace poco. Sé que sus lienzos se cotizan mucho y que el éxito se le prodría haber subido a la cabeza. Sin embargo, sigue siendo el buen amigo, sencillo y bueno, de los viejos tiempos.

Gracias, Soutine. Una triste noche de invierno pusiste un poco de sol en los corazones de dos niñas desgraciadas.

Kiki de Montparnasse (Alice Prin) - Recuerdos recobrados

domingo, abril 25, 2010

18 de mayo. Federico, bromista

De izquierda a derecha: Carlos Morla Lynch, Federico García Lorca y el embajador de Chile


Ha llegado de Buenos Aires tan contento y alegre que no se puede más. Ha telefoneado dos veces en el día y una en la noche sin dar su nombre. La primera llamada fue para hacerse pasar por "un señor don Pepe", de Tortosa, que deseaba obtener una recomendación para el presidente de Chile con el fin de establecer en Antofagasta, la región más árida del país, en la que escasea el agua, un negocio de piscinas. Se lo creí y lo cité para mañana.

La segunda vez me declaró, con voz ronca, "que era un novillero que tenía encargo de Cagancho* de ofrecerme el puesto de mozo de estoques en su cuadrilla". También se lo creí, pensando que "eran cosas de gitano".

Por último -envalentonado con mi ingenuidad-, llamó cuando ya me hallaba en la cama, cansado y con sueño, para comunicarme, en un tono airado, "que yo no había pagado el mono que compré anoche en la calle de Alcalá". Y como yo todo lo creo posible, iba a contestar "que se trataba de un error de personas", cuando soltó la carcajada. Y le reconocí.

Me limité a decirle -sin enfadarme por cierto- que era un ocioso y que me dejara dormir en paz.

Aparece, no obstante, un rato después y se sienta a los pies de mi cama, animado, charlador, alegre como unas pascuas.

-¿Cómo puedes pensar en dormir "cuando la vida está que arde fuera"?

Y mi habitación se va llenando poco a poco de visitantes que lo escuchan embelesados. Se podría escribir un libro con el relato que nos hace de las peripecias de su viaje.

A las dos de la mañana se pone en pie, y con un cepillo se limpia el traje de arriba abajo... y creo que se marcha. Pero no. Afina la guitarra y comienza a cantar granadinas y fandangos. Y a mí se me empieza a revolver el alma.

A las cuatro le imploro que se vaya, a pesar de que ya no me siento con sueño ni cansado; tengo más bien ganas de levantarme y de irme con todos ellos a tomar chocolate a la Puerta del Sol o la Plaza Mayor. Pero me dice que debo reposar porque tiene para mañana dos entradas para la corrida de Tetuán.

Ya se han ido, mas no puedo dormir. Me pongo la bata y me siento al piano.

He compuesto dos canciones más. Una para "El herido", de Rafael Alberti, y otra para un poema -que me ha llenado de asombro- que me ha traído el chiquillo Serafín**. Se titula "Enamorado de nadie".

En España con Federico García Lorca. Carlos Morla Lynch


* "Cagancho", apodo del torero Joaquín Rodriguez Ortega (Sevilla, Triana 1903 - México 1984)
** Serafín Fernández Ferro, actor (Monelos 1912 - México 1957)

Carlos Morla Lynch fue diplomático en la Embajada de Chile en Madrid. Vivió en España de 1928 a 1939 y mantuvo una relación intensa y muy cercana con los intelectuales del momento.

sábado, noviembre 15, 2008

El viento de la Luna

Antonio Muñoz Molina




Una vez estuve a punto de ahogarme, en la huerta de mi padre, en la alberca, cuando tenía nueve o diez años, un anochecer de verano. Iba corriendo por una vereda paralela a la alberca, me tropecé en la media luz rosada y tardía del crepúsculo y caí al agua, que no estaba profunda, porque se había gastado casi toda en los riegos del día, y me di un golpe contra una piedra en el fondo. Mi padre no estaba muy lejos, pero no oyó el ruido del chapuzón y no se enteró de nada. Debí perder el conocimiento durante unos segundos. Abrí los ojos y no sabía donde estaba. Yacía boca arriba sobre el cieno y la vegetación sumergida de la alberca. Medio yacía, medio flotaba, ahogándome, aletargado, con los ojos abiertos, viendo tras el filtro verdoso del agua el vacío del cielo sin nubes en el que la Luna y Venus ya habían aparecido, las ovas que flotaban en la superficie, las ramas de una higuera que pendía sobre la alberca, buscando su humedad. Me habría ahogado no por no saber nadar sino porque no llegaba a tener conciencia de lo que estaba sucediéndome, y porque sentía una rara placidez que luego no he experimentado nunca, narcotizado por una dulce conformidad hacia algo que parecía la llegada del sueño o la de la noche, suspendido sin peso en el agua templada, entre el suave cieno y las algas del fondo y la superficie vaga y luminosa como un cristal empañado de vaho. Me revolví un instante después, manoteando en el agua de repente turbia que me inundaba los pulmones, logré agarrarme ciegamente a algo, la rama de la higuera, emergí como el que se despierta de una pesadilla, la boca muy abierta sin emitir ningún sonido, chorreando ovas y cieno, vomitando agua cenagosa mientras oía desde muy lejos la voz de mi padre llamándome. "Ay, hijo mío, qué torpe eres" me dijo luego, queriendo amortiguar el susto con un poco de ironía, mientras me ayudaba a secarme y me apretaba contra él para contener la tiritera de frío y de pánico retardado, "a nadie más que a ti se le ocurre ahogarse en tres palmos de agua".

jueves, septiembre 25, 2008

Aleluya

Mario Benedetti


Otoño - Ricardo Asensio

Aleluya. El tiempo pasa y yo sigo viviendo, con los dolores y las ausencias de siempre pero sigo viviendo. Con la suerte y la muerte a la vista, con las golondrinas y los buitres, con el alma en pena y la cordura casi loca, con las cenizas del olvido y el pan duro de las promesas. Pero sigo viviendo.

Aleluya. En alguna rara ocasión mi soledad se llena de prójimas y mis brazos abrazan y abrasan. Mi memoria viaja de noche en noche; mis jardines, de amanecer en amanecer.

De todos los puentes cruzo el más frágil: el que une tu desolación con mi consuelo, y mi consuelo con tu desolación. Acaricio los pinos antes de que en el próximo vendaval besen el suelo.

Aleluya. Cuando encuentre la verdad aún estaré a tiempo para llevar a mi infancia conmigo y clavarla luego como un afiche en la pared de la cocina. Nos vamos para volver; volvemos para irnos de nuevo. El tiempo es un viaje de escalas infinitas donde aprendemos y enseñamos algo.

Aleluya. Piso tantos umbrales que los pies denudos me arden. Desde esos umbrales imagino el infierno, pero de pronto recuerdo (aleluya x 2) que soy ateo, tanto de Dios como del diablo.

Vivir aquí, en los arrabales del universo, no está tan mal. Dos por tres vienen pájaros curiosos, con su experiencia del espacio, y acaban colgándose en un crepúsculo de árboles. Crecimos en un exilio de la esperanza, sin advertir que era un exilio de la nada.

jueves, julio 31, 2008

Jardín antiguo

Luis Cernuda


Surtidor - Joaquín Sorolla y Bastida

Se atravesaba primero un largo corredor oscuro. Al fondo, a través de un arco, aparecía la luz del jardín, una luz cuyo dorado resplandor teñían de verde las hojas y el agua de un estanque. Y ésta, al salir afuera, encerrada allá tras la baranda de hierro, brillaba como líquida esmeralda, densa, serena y misteriosa.
Luego estaba la escalera, junto a cuyos peldaños había dos altos magnolios, escondiendo entre sus ramas alguna estatua vieja a quien servía de pedestal una columna. Al pie de la escalera comenzaban las terrazas del jardín.
Siguiendo los senderos de ladrillos rosáceos, a través de una cancela y unos escalones, se sucedían los patinillos solitarios, con mirtos y adelfas en torno de una fuente musgosa, y junto a la fuente el tronco de un ciprés cuya copa se hundía en el aire luminoso.
En el silencio circundante, toda aquella hermosura se animaba con un latido recóndito, como si el corazón de las gentes desaparecidas que un día gozaron del jardín palpitara al acecho tras de las espesas ramas. El rumor inquieto del agua fingía como unos pasos que se alejaran.
Era el cielo de un azul límpido y puro, glorioso de luz y de calor. Entre las copas de las palmeras, más allá de las azoteas y galerías blancas que coronaban el jardín, una torre gris y ocre se erguía esbelta como el cáliz de una flor.

***

Hay destinos humanos ligados con un lugar o con un paisaje. Allí en aquel jardín, sentado al borde de una fuente, soñaste un día la vida como embeleso inagotable. La amplitud del cielo te acuciaba a la acción; el alentar de las flores, las hojas y las aguas, a gozar sin remordimientos.
Más tarde habrías de comprender que ni la acción ni el goce podrías vivirlos con la perfección que tenían en tus sueños al borde de la fuente. Y el día que comprendiste esa triste verdad, aunque estabas lejos y en tierra extraña, deseaste volver a aquel jardín y sentarte de nuevo al borde de la fuente, para soñar otra vez la juventud pasada.

Ocnos (1940-1963)




José Luis Encinas - Sortilegio

domingo, marzo 02, 2008

Confieso que he vivido/2

Pablo Neruda


Federico García Lorca - Manuel Ángeles Ortiz

El crimen fue en Granada

Justamente cuando escribo estas líneas, la España oficial celebra muchos –tantos!- años de insurrección cumplida. En este momento, el Caudillo vestido de oro y azul, rodeado por la guardia mora, junto al embajador norteamericano, al de Inglaterra y a varios más, pasa revista a las tropas. Unas tropas compuestas, en su mayoría, de muchachos que no conocieron aquella guerra.
Yo sí la conocí. Un millón de españoles muertos! Un millón de exiliados! Parecía que jamás se borraría de la conciencia humana esa espina sangrante. Sin embargo, los muchachos que ahora desfilan frente a la guardia mora, ignoran tal vez la verdad de esa historia tremenda.

Todo empezó para mí la noche del 19 de julio de 1936. Un chileno simpático y aventurero, llamado Bobby Deglané, era empresario de catch-as-can en el gran circo Price de Madrid. Le manifesté mis reservas sobre la seriedad de ese “deporte”, y él me convenció de que fuera al circo, junto con García Lorca, a verificar la autenticidad del espectáculo. Convencí a Federico y quedamos en encontrarnos allí a una hora convenida. Pasaríamos el rato viendo las truculencias del Troglodita Enmascarado, del Estrangulador Abisinio y del Orangután Siniestro.

Federico faltó a la cita. Ya iba camino de su muerte. Ya nunca más nos vimos. Su cita era con otros estranguladores. Y de ese modo la guerra de España, que cambió mi poesía, comenzó para mí con la desaparición de un poeta.

Qué poeta! Nunca he visto reunidos como en él la gracia y el genio, el corazón alado y la cascada cristalina. Federico García Lorca era el duende derrochador, la alegría centrífuga que recogía en su seno e irradiaba como un planeta la felicidad de vivir. Ingenuo y comediante, cósmico y provinciano, músico singular, espléndido mimo, espantadizo y supersticioso, radiante y gentil, era una especie de resumen de las edades de España, del florecimiento popular; un producto arábigo-andaluz que iluminaba y perfumaba como un jazminero toda la escena de aquella España, ay de mí! Desaparecida.

A mí me seducía el gran poder metafórico de García Lorca y me interesaba todo cuanto escribía. Por su parte, él me pedía a veces que le leyera mis últimos poemas y, a media lectura, me interrumpía a voces: “No sigas, no sigas, que me influencias!”

En el teatro y en el silencio, en la multitud y en el decoro, era un multiplicador de la hermosura. Nunca vi un tipo con tanta magia en las manos, nunca tuve un hermano más alegre. Reía, cantaba, musicaba, saltaba, inventaba, chisporroteaba. Pobrecillo, tenía todos los dones del mundo, y así como fue un trabajador de oro, un abejón colmenar de la gran poesía, era un manirroto de su ingenio.

-Escucha –me decía, tomándome de un brazo-, ves esa ventana? No la hallas chorpatélica?
-Y qué significa chorpatélico?
-Yo tampoco lo sé, pero hay que darse cuenta de lo que es o no es chorpatélico. De otra manera uno está perdido. Mira ese perro, qué chorpatélico es!

O me contaba que en un colegio de niños de corta edad, en Granada, le invitaron a una conmemoración del Quijote, y que cuando llegó a las aulas, todos los niños cantaron bajo la dirección de la directora:

Siempre siempre será celebrado
Desde el uno hasta el otro confín
Este libro que fue comentado
Por don F. Rodríguez Marín.


Una vez dicté yo una conferencia sobre García Lorca, años después de su muerte, y uno del público me preguntó:

-Por qué dice usted en la “Oda a Federico” que por él “pintan de azul los hospitales”?
-Mire, compañero –le respondí, hacerles preguntas de ese tipo a un poeta es como preguntarle la edad a las mujeres. La poesía no es una materia estática, sino una corriente fluida que muchas veces se escapa de las manos del propio creador. Su materia prima está hecha de elementos que son y al mismo tiempo no son, de cosas existentes e inexistentes. De todos modos, trataré de responderle con sinceridad. Para mí el color azul es el más bello de los colores. Tiene la implicación del espacio humano, como la bóveda celeste, hacia la libertad y la alegría. La presencia de Federico, su magia personal, imponían una atmósfera de júbilo a su alrededor. Mi verso probablemente quiere decir que incluso los hospitales, incluso la tristeza de los hospitales, podía transformarse bajo el hechizo de su influencia y verse convertidos de pronto en bellos edificios azules.

Federico tuvo un preconocimiento de su muerte. Una vez que volvía de una jira teatral me llamó para contarme un suceso muy extraño. Con los artistas de “La Barraca” había llegado a un lejanísimo pueblo de Castilla y acamparon en los aledaños. Fatigado por las preocupaciones del viaje, Federico no dormía. Hacía frío, ese frío de cuchillo que Castilla tiene reservado al viajero, al intruso. La niebla se desprendía en masas blancas y todo lo convertía a su dimensión fantasmagórica.

Una gran verja de fierro oxidado. Estatuas y columnas rotas, caídas entre la hojarasca. En la puerta de un viejo dominio se detuvo. Era la entrada al extenso parque de una finca feudal. El abandono, la hora y el frío hacían la soledad más penetrante. Federico se sintió de pronto agobiado por lo que saldría de aquel amanecer, por algo confuso que allí tenía que suceder. Se sentó en un capitel caído.

Un cordero pequeñito llegó a ramonear las yerbas entre las ruinas y su aparición era como un pequeño ángel de niebla que humanizaba de pronto la soledad, cayendo como un pétalo de ternura sobre la soledad del paraje. El poeta se sintió acompañado.

De pronto, una piara de cerdos entró también al recinto. Eran cuatro o cinco bestias oscuras, cerdos negros semisalvajes con hambre cerril y pezuñas de piedra.

Federico presenció entonces una escena de espanto. Los cerdos se echaron sobre el cordero y junto al horror del poeta lo despedazaron y devoraron.

Esta escena de sangre y soledad hizo que Federico ordenara a su teatro ambulante continuar inmediatamente el camino.

Transido de horror todavía, tres meses antes de la guerra civil, Federico me contaba esta historia terrible.

Yo vi después, con mayor y mayor claridad, que aquel suceso fue la representación anticipada de su muerte, la premonición de su increíble tragedia.

Federico García Lorca no fue fusilado, fue asesinado. Naturalmente nadie podía pensar que lo matarían alguna vez. De todos los poetas de España era el más amado, el más querido, y el más semejante a un niño por su maravillosa alegría. Quién pudiera creer que hubiera sobre la tierra, y sobre su tierra, monstruos capaces de un crimen tan inexplicable?

La incidencia de aquel crimen fue para mí la más dolorosa de una larga lucha. Siempre fue España un campo de gladiadores; una tierra con mucha sangre. La plaza de toros, con su sacrificio y su elegancia cruel, repite, engalanada de farándula, el antiguo combate mortal entre la sombra y la luz.

La Inquisición encarcela a fray Luis de León; Quevedo padece en su calabozo; Colón camina con grillos en los pies. Y el gran espectáculo fue el osario en El Escorial, como ahora lo es el Monumento a los Caídos, con una cruz sobre un millón de muertos y sobre incontables y oscuros recuerdos.

Confieso que he vivido/1

Pablo Neruda


Llegada de Pablo Neruda a Madrid donde lo recibe Federico Garcia Lorca - José Caballero

Cómo era Federico

Un largo viaje por mar de dos meses me devolvió a Chile en 1932. Ahí publiqué El hondero entusiasta, que andaba extraviado en mis papeles, y Residencia en la tierra, que había escrito en Oriente. En 1933 me designaron cónsul de Chile en Buenos Aires, donde llegué en el mes de agosto.

Casi al mismo tiempo llegó a esa ciudad Federico García Lorca, para dirigir y estrenar su tragedia teatral Bodas de sangre, en la compañía de Lola Membrives. Aún no nos conocíamos, pero nos conocimos en Buenos Aires y muchas veces fuimos festejados juntos por escritores y amigos. Por cierto que no faltaron las incidencias. Federico tenía contradictores. A mí también me pasaba y me sigue pasando lo mismo. Estos contradictores se sienten estimulados y quieren apagar la luz para que a uno no lo vean. Así sucedió aquella vez. Como había interés en asistir al banquete que nos ofrecía el Pen Club en el Hotel Plaza, a Federico y a mí, alguien hizo funcionar los teléfonos todo el día para notificar que el homenaje se había suspendido. Y fueron tan acuciosos que llamaron incluso al director del hotel, a la telefonista y al cocinero-jefe para que no recibieran adhesiones ni prepararan la comida. Pero se desbarató la maniobra y al fin estuvimos reunidos Federico García Lorca y yo, entre cien escritores argentinos.

Dimos una gran sorpresa. Habíamos preparado un discurso al alimón. Ustedes probablemente no saben lo que significa esa palabra y yo tampoco lo sabía. Federico, que estaba siempre lleno de invenciones y ocurrencias, me explicó:

“Dos toreros pueden torear al mismo tiempo el mismo toro y con un único capote. Esta es una de las pruebas más peligrosas de arte taurino. Por eso se ve muy pocas veces. No más de dos o tres veces en un siglo y sólo pueden hacerlo dos toreros que sean hermanos o que, por lo menos, tengan sangre común. Esto es lo que se llama torear al alimón. Y esto es lo que haremos en un discurso.”

Y esto es lo que hicimos, pero nadie lo sabía. Cuando nos levantamos para agradecer al presidente del Pen Club el ofrecimiento del banquete, nos levantamos al mismo tiempo, cual dos toreros, para un solo discurso. Como la comida era en mesitas separadas, Federico estaba en una punta y yo en la otra, de modo que la gente por un lado me tiraba a mí de la chaqueta para que me sentara creyendo en una equivocación, y por el otro hacían lo mismo con Federico. Empezamos, pues, a hablar al mismo tiempo diciendo yo “Señoras” y continuando él con “Señores” entrelazando hasta el fin nuestras frases de manera que pareció una sola unidad hasta que dejamos de hablar. Aquel discurso fue dedicado a Rubén Darío, porque tanto García Lorca como yo, sin que se nos pudiera sospechar de modernistas, celebrábamos a Rubén Darío como uno de los grandes creadores del lenguaje poético en el idioma español.

He aquí el texto del discurso:
Neruda: Señoras…
Lorca: … y señores: Existe en la suerte de los toros una suerte llamada “toreo del alimón”, en que dos toreros hurtan su cuerpo al toro cogidos de la misma capa.
Neruda: Federico y yo, amarrados por un alambre eléctrico vamos a parear y a responder esta recepción muy decisiva.
Lorca: Es costumbre en estas reuniones que los poetas muestren su palabra viva, plata o madera, y saluden con su voz propia a sus compañeros y amigos.
Neruda: Pero nosotros vamos a establecer entre vosotros un muerto, un comensal viudo, oscuro en las tinieblas de una muerte más grande que otras muertes, viudo de la vida, de quien fuera en su hora marido deslumbrante, nos vamos a esconder bajo su sombra ardiendo, vamos a repetir su nombre hasta que su poder salte del olvido.
Lorca: Nosotros vamos, después de enviar nuestro abrazo con ternura de pingüino al delicado poeta Amado Villar, vamos a lanzar un grano nombre sobre el mantel, en la seguridad de que se han de romper las copas, han de saltar los tenedores, buscando el ojo que ellos ansían, y un golpe de mar ha de manchar los mateles. Nosotros vamos a nombrar al poeta de América y de España: Rubén…
Neruda:Darío. Porque, señoras…
Lorca: y señores…
Neruda: Dónde está, en Buenos Aires, la plaza de Rubén Darío?
Lorca: Dónde está la estatua de Rubén Darío?
Neruda: El amaba los parques. Dónde está el parque Rubén Darío?
Lorca: Dónde está la tienda de rosas de Rubén Darío?
Neruda: Dónde está el manzano y las manzanas de Rubén Darío?
Lorca: Dónde está la mano cortada de Rubén Darío?
Neruda: Dónde?
Lorca: Rubén Darío duerme en su “Nicaragua natal” bajo su espantoso león de marmolina, como esos leones que los ricos ponen en los portales de sus casas.
Neruda: Un león de botica al fundador de leones, un león sin estrellas a quien dedicaba estrellas.
Lorca: Dio el rumor de la selva con un adjetivo, y como fray Luis de Granada, jefe de idiomas, hizo signos estelares con el limón, y la pata de ciervo, y los moluscos llenos de terror e infinito: nos puso al mar con fragatas y sombras en las niñas de nuestros ojos y construyó un enorme paseo de gin sobre la tarde más gris que ha tenido el cielo, y saludó de tú a tú el ábrego oscuro, todo pecho, como un poeta romántico, y puso la mano sobre el capitel corintio con una duda irónica y triste de todas las épocas.
Neruda: Merece su nombre rojo recordarlo en sus direcciones esenciales con sus terribles dolores del corazón, su incertidumbre incandescente, su descenso a los espirales del infierno, su subida a los castillos de la fama, sus atributos de poeta grande, desde entonces y para siempre imprescindible.
Lorca: Como poeta español enseñó en España a los viejos maestros y a los niños, con un sentido de universalidad y de generosidad que hace falta en los poetas actuales. Enseñó a Valle-Inclán y a Juan Ramón Jiménez, y a los hermanos Machado, y su voz fue agua y salitre, en el surco del venerable idioma. Desde Rodrigo Caro a los Argensolas o don Juan Arguijo no había tenido el español fiestas de palabras, choques de consonantes, luces y forma como en Rubén Darío. Desde el paisaje de Velásquez y la hoguera de Goya y desde la melancolía de Quevedo al culto color manzana de las payesas mallorquinas, Darío paseó la tierra de España como su propia tierra.
Neruda: Lo trajo a Chile una marea, el mar caliente del Norte, y lo dejó allí el mar, abandonado en costa dura y dentada, y el océano lo golpeaba con espumas y campanas, y el viento negro de Valparaíso lo llenaba de sal sonora. Hagamos esta noche su estatua con el aire atravesada por el humo y la voz y por las circunstancias, y por la vida, como ésta su poética magnífica, atravesada por sueños y sonidos.
Lorca: Pero sobre esta estatua de aire yo quiero poner su sangre como un ramo de coral agitado por la marea, sus nervios idénticos a la fotografía de un grupo de rayos, su cabeza de minotauro, donde la nieve gongorina es pintada por un vuelo de colibríes, sus ojos vagos y ausentes de millonario de lágrimas, y también sus defectos. Las estanterías comidas ya por los jaramangos, donde suenan vacíos de flauta, las botellas de coñac de su dramática embriaguez, y su mal gusto encantador, y sus ripios descarados que llenan de humanidad la muchedumbre de sus versos. Fuera de normas, formas y espuelas queda en pie la fecunda sustancia de su gran poesía.
Neruda: Federico García Lorca, español, y yo, chileno, declinamos la responsabilidad de esta noche de camaradas , hacia esa gran sombra que cantó más altamente que nosotros, y saludó con voz inusitada a la tierra argentina que posamos.
Lorca: Pablo Neruda, chileno, y yo, español, coincidimos en el idioma y en el gran poeta nicaragüense, argentino, chileno y español, Rubén Darío.
Neruda y Lorca: Por cuyo homenaje y gloria levantamos nuestro vaso.


Recuerdo que una vez recibí de Federico un apoyo inesperado en una aventura erótico-cósmica. Habíamos sido invitados una noche por un millonario de esos que sólo la Argentina o los Estados Unidos podía producir. Se trataba de un hombre rebelde y autodidacta que había hecho una fortuna fabulosa con un periódico sensacionalista. Su casa, rodeada por un inmenso parque, era la encarnación de los sueños de un vibrante nuevo rico. Centenares de jaulas de faisanes de todos los colores y de todos los países orillaban el camino. La biblioteca estaba cubierta sólo de libros antiquísimos que compraba por cable en las subastas de bibliógrafos europeos, y además era extensa y estaba repleta. Pero lo más espectacular era que el piso de esta enorme sala de lectura se revestía totalmente con pieles de pantera cosidas unas a otras hasta formar un solo y gigantesco tapiz. Supe que el hombre tenía agentes en África, en Asia y en el Amazonas, destinados exclusivamente a recolectar pellejos de leopardos, ocelotes, gatos fenomenales, cuyos lunares estaban ahora brillando bajo mis pies en la fastuosa biblioteca.

Así eran las cosas en la casa del famoso Natalio Botana, capitalista poderoso, dominador de la opinión pública en Buenos Aires. Federico y yo nos sentamos a la mesa cerca del dueño de casa y frente a una poetisa alta, rubia y vaporosa, que dirigió sus ojos verdes más a mí que a Federico durante la comida. Esta consistía en un buey entero llevado a las brasas mismas y a la ceniza en una colosal angarilla que portaban sobre los hombros ocho o diez gauchos. La noche era rabiosamente azul y estrellada. El perfume del asado con cuero, invención sublime de los argentinos, se mezclaba al aire de la pampa, a las fragancias del trébol y la menta, al murmullo de miles de grillos y renacuajos.

Nos levantamos después de comer, junto con la poetisa y con Federico que todo lo celebraba y lo reía. Nos alejamos hacia la piscina iluminada. García Lorca iba delante y no dejaba de reír y de hablar. Estaba feliz. Esa era su costumbre. La felicidad era su piel.

Dominando la piscina luminosa se levantaba una alta torre. Su blancura de cal fosforescía bajo las luces nocturnas.

Subimos lentamente hasta el mirador más alto de la torre. Arriba los tres, poetas de diferentes estilos, nos quedamos separados del mundo. El ojo azul de la piscina brillaba desde abajo. Más lejos se oían las guitarras y las canciones de la fiesta. La noche, encima de nosotros, estaba tan cercana y estrellada que parecía atrapar nuestras cabezas, sumergidas en su profundidad.

Tomé en mis brazos a la muchacha alta y dorada y, al besarla, me di cuenta de que era una mujer carnal y compacta, hecha y derecha. Ante la sorpresa de Federico nos tendimos en el suelo del mirador, y ya comenzaba yo a desvestirla, cuando advertí sobre y cerca de nosotros los ojos desmesurados de Federico, que nos miraba sin atreverse a creer lo que estaba pasando.

-Largo de aquí! Ándate y cuida de que no suba nadie por la escalera! –grité.

Mientras el sacrificio al cielo estrellado y a Afrodita nocturna se consumaba en lo alto de la torre, Federico corrió alegremente a cumplir su misión de celestino y centinela, pero con tal apresuramiento y tan mala fortuna que rodó por los escalones oscuros de la torre. Tuvimos que auxiliarlo mi amiga y yo, con muchas dificultades. La cojera le duró quince días.

martes, febrero 05, 2008

Un árbol de noche

Truman Capote


Sandpipers - Sally Swatland



Fue poco después de esto cuando Miss Bobbit vino a visitarnos. Llegó un domingo; yo estaba solo en casa porque la familia había ido a la iglesia.

-Los olores de la iglesia son tan desagradables -dijo, inclinándose con las manos recogidas delicadamente-.

No vaya a creer que soy pagana, Mr. C.; he tenido suficientes experiencias para saber que hay un Dios y que hay un diablo; pero al diablo no se le amansa yendo a la iglesia a que nos digan lo pecador, estúpido y malvado que es. No, hay que amar al diablo como se ama a Jesús; es muy poderoso y si uno confía en él te devuelve el favor. Ya me ha hecho algunos, en la escuela de baile en Memphis... siempre le pido al diablo que me consiga el primer papel en la función anual. Es puro sentido común; Jesús no se molestaría en ayudarme en un baile. Por cierto, hace poco invoqué al diablo; no es que yo considere que vivo aquí, no exactamente, siempre pienso en otro sitio, en un sitio donde no hay más que el baile, donde toda la gente baila por la calle y todo es tan hermoso como los niños en sus compleaños. Mi adorable papá dijo que yo vivía en las nubes, pero si él hubiera vivido más en las nubes ya sería tan rico como quería ser. El problema de mi papá era que no amaba al diablo, dejaba que el diablo le amara a él. Pero yo lo tengo muy claro; sé que con frecuencia la segunda opción resulta ser la mejor. Para nosotros la segunda opción era mudarnos a este pueblo, y como aquí no puedo empezar mi carrera, la segunda opción para mí es iniciar un negocio paralelo. Y eso acabo de hacer. Soy agente exclusiva de suscripción del más impresionante catálogo de revistas, incluyendo Reader´s Digest, Popular Mechanics, Dime Detective y Child´s life. Para ser sincera, Mr. C., no he venido aquí a venderle nada. Sucede que tengo una idea; se me ha ocurrido que esos dos chicos que no salen de aquí... después de todo son hombres, ¿no?... ¿cree que podrían ser mis ayudantes?

Billy Bob y Preacher trabajaron de firme para Miss Bobbit, y también para la Hermana Rosalba, representante de una línea de cosméticos llamada Gota de rocío. El trabajo consistía en repartir las compras a los clientes. Por la noche Billy Bob estaba tan cansado que apenas si podía masticar la cena. Tía El decía que era una vergüenza y una lástima, y finalmente un día en que Billy Bob regresó con media insolación dijo, se acabó, Billy Bob no volverá a trabajar con Miss Bobbit. Pero Billy Bob empezó a insultarla y no paró hasta que su papá lo encerró en su cuarto y él dijo que se iba a suicidar. Una cocinera que tuvimos le había dicho que un plato de col revuelta con melaza era tan mortal como un disparo. Y eso fue lo que comió. Me muero, decía, revolviéndose a un lado y otro de la cama, me muero y a nadie le importa.

Miss Bobbit fue a verlo y le dijo que se estuviera quieto.

-No te pasa nada, muchacho. No tienes más que un dolor de estómago.

Entonces hizo algo que alarmó a tía El: le levantó las mantas a Billy Bob y le dio una friega de alcohol de pies a cabeza. Cuando tía El le dijo que no creía que fuera una cosa apropiada para una muchachita, respondió:

- No sé si es apropiada o no, pero sin duda es muy refrescante.

(De "Niños en sus cumpleaños")

jueves, diciembre 27, 2007

La voz dormida

Dulce Chacón



Guernica (detalle) - Pablo Ruiz Picasso

Tomasa no pudo despedirse de Hortensia. Acurrucada en su dolor a oscuras, en su celda y en silencio, se niega a dejarse vencer. Nuestra obligación es sobrevivir, había dicho Hortensia en la última asamblea a la que ella asistió. Sobrevivir. Tomasa no permitirá que el dolor la aplaste contra el suelo. Sobrevivir. Locuras, las precisas, había dicho Hortensia. Locura. Ronda el silencio. El silencio hace su ronda y ronda la locura. Sobrevivir. Y ronda y ronda. No se lo vamos a poner tan fácil. No. Tomasa no pudo despedirse de Hortensia. Se acurruca en su dolor. Sobrevivir. Y contar la historia, para que la locura no acompañe al silencio. Se levanta del suelo. Contar la historia. Se levanta y grita. Sobrevivir. Grita con todas sus fuerzas para ahuyentar el dolor. Resistir es vencer. Grita para llenar el silencio con la historia, con su historia, la suya. La historia de un dolor antiguo que ahoga el llanto de no haber podido despedirse de Hortensia. Tomasa camina dos pasos al frente, da la vuelta y recorre la celda, otros dos pasos.
Volver. Llora.
Y cuenta a gritos su historia, para no morir. Camina y cuenta:
- Yo tenía cuatro hijos, y una nieta.
Cuenta que tenía cuatro hijos y una nieta, y que la niña se les murió de hambre en los Santos de Maimona.
- Se nos murió. Se llamaba Carmen, Carmencita, mi niña.
Y grita que la madre de la niña era ama de cría.
- Le daba de mamar a dos mellizos en Zafra, y para los tres no le llegaba la teta. Mi consuegra se comía la leche en polvo que la madre le compraba a la hija. Tanta hambre tenía la mujer, tanta hambre, que no supo qué decirle a su hija cuando vio que la niña estaba muerta.
Camina repitiendo sus pasos. Y cuenta que a sus cuatro hijos, a su nuera, a su marido y a ella les cogieron en el monte. Que se echaron todos al monte cuando los acusaron de rojos y de ocupar una finca.
Y era verdad, claro que éramos rojos, y claro que ocupamos la finca. Que estábamos hartos de ir a la rebusca de la aceituna. Las pocas que encontrábamos después de la recogida las cambiábamos por aceite, de eso malvivíamos todos, de la poca aceituna que quedaba en el suelo, que el jornal de yuntero no remontaba nada y no alcanzaba ni para el sustento.
Es hora de que Tomasa cuente su historia. Como un vómito saldrán las palabras que ha callado hasta este momento. Como un vómito de dolor y rabia. Tiempo silenciado y sórdido que escapa de sus labios desgarrando el aire, y desgarrándola por dentro.
Contará su historia. A gritos la contará para no sucumbir a la locura. Para sobrevivir.
Para sobrevivir.
Y cuenta, y grita que a su nuera y a sus cuatro hijos los tiraron desde el puente de Almaraz ante sus propios ojos.
- Cincuenta y tres metros de alto tiene ese rejodido puente.
Ante sus propios ojos les dispararon cuando ya estaban en el agua intentando ganar la orilla. Los tiradores eran expertos. Y todos los "mareados" se hundieron. Así llamaban, "el mareo", al procedimiento de limpieza que usaban las fuerzas de la Benemérita encargadas de la persecución de huidos rojos en el 2º Sector, el de Cáceres y Badajoz. Así lo llamaban. Después la marearon a ella, y a su marido. Él logró mantenerla a flote y llevarla a la orilla, con su cuerpo protegió su espalda de las balas que venían de arriba. Cuando llegaron a la margen derecha del Tajo, su marido estaba muerto. Ella abrazó su cabeza. Y le cerró los ojos, y se mantuvo abrazada a él hasta que una pareja de falangistas al mando de El Carnicero de Extremadura la arrancó de su duelo y empujó el cadáver al agua. Ella lo vio deslizarse corriente abajo mientras la esposaban.
Grita. Para que se despierte su voz, la voz que se negó a repetir la caída de unos cuerpos al agua. Porque contar la historia es recordar la muerte de los suyos. Es verlos morir otra vez.
- A mis hijos también se los llevó el río.
Palabras que estuvieron siempre ahí, al lado, dispuestas. La voz dormida al lado de la boca. La voz que no quiso contar que todos habían muerto.
Llora.
Cuenta.
Y mi nuera, vestida de blanco, con su traje de ama de cría se fue con el agua.
Y ella no. Ella no.
A ella la levantaron del suelo diciéndole que viviría para contar lo que les pasa a Las Damas de Negrín. Y se la llevaron a Olivenza, a la cárcel de mujeres. Allí pasó los años negándose a contar su historia, y sin poder llorar a sus muertos. Ahora la cuenta llorándolos. La cuenta y grita llorando porque no ha podido despedirse de Hortensia. Y grita sin temor a que regrese Mercedes, la funcionaria con moño de plátano que quiere hacerse la buena y se ha acercado dos veces a la puerta:
- Cállese, por Dios, que arriba se la está oyendo y no me va a quedar más remedio que aumentarle el castigo. Que le aumente el castigo si quiere. Y si no quiere que no se lo aumente.
- Por Dios, Tomasa, que me toca guardia en la capilla y tengo que irme. Y mis compañeras se están quejando de sus gritos y ya no sé qué decirles. No me obligue a hacer lo que no quiero hacer. Cállese usted, que se la está buscando y la va a encontrar.
Qué más puede encontrar. Qué más puede hacer la novata pretendiendo no querer hacerlo. Se creerá que es buena. Pero a ella no se la da. Quien nace monje no necesita hábito, y ésta ha nacido con su cargo pintado en la cara. Y buena no es, por mucho que se empeñe. Ésa es de las que espera en la esquina, de las que ofrece una mano y con la otra afila el cuchillo. No se la da. Y no va a conseguir que se calle.
Tomasa no callará. Gritará, porque no ha podido despedirse de Hortensia. No ha podido. Le faltaban diecinueve días de incomunicación cuando Sole le dio la noticia:
- Esta noche la sacan.
Esta noche. Y Tomasa no dejará de gritar su dolor. Recorrerá con su grito el tiempo de esta noche. La Dama de Negrín alzará la voz porque su obligación es sobrevivir. Vivirás para contarlo, le habían dicho los dos falangistas que empujaron el cadáver de su marido al agua. Vivirás para contarlo, le dijeron, ignorando que sería al contrario. Lo contaría, para sobrevivir.
Sobrevivir. Contar que la llevaron a la cárcel de mujeres de Olivenza, que allí estuvo dos años con La Pepa colgándole del cuello, y que compartió celda con una mujer que había perdido a sus dos hijos en el campo de concentración de Casturera. Los ataron el uno al otro y a culatazos los arrojaron a la mina. Sus gemidos subían desde el fondo de la tierra. Sus lamentos se oyeron durante toda una noche, hasta que otros cuerpos se rompieron contra ellos, y luego otros, y otros. Más gemidos. Y una bomba de mano que cae desde lo alto.
- En Castuera fusilaban días alternos, entre las doce y media y la una de la madrugada. Los domingos descansaban. En la boca mina los echaban a cualquier hora, y no alternaban.
Tomasa llora. Y grita que aquella madre se ahorcó una tarde de noviembre, en el retrete de la cárcel de Olivenza. Antes le había contado que en Castuera fusilaron al alcalde de Zafra, don José González Barrero se llamaba. Lo fusilaron un mes después de acabar la guerra. Y lo enterraron boca abajo, para que no saliera. Contar la historia. Sobrevivir a la locura. Recordar a don José, paseando con su esposa por la calle Sevilla. Era verano. Era la caída de la tarde. Y era la República. Su nuera iba vestida de blanco, como ama de cría. En Zafra. Y era la primera vez que Tomasa y su nuera veían de cerca a un alcalde:
- Mire, señora Tomasa, el alcalde. Ese es el alcalde.
Don José. Se llamaba don José. Llevaba a su mujer del brazo, y un sombrero panamá. Atardecía. Don José iba con un traje de lino, y con su esposa del brazo. Tenían una hija que se llamaba Libertad.

domingo, diciembre 09, 2007

La mendiga

Mario Benedetti



La lectura interrumpida - Jean-Baptiste Camille Corot

La mendiga bajaba siempre a la misma hora y se situaba en el mismo tramo de la escalinata, con la misma enigmática expresión de filósofo del siglo diecinueve. Como era habitual, colocaba frente a ella su paltillo de porcelana de Sèvres pero no pedía nada a los viandantes. Tampoco tocaba quena ni violín, o sea que no desafinaba brutalmente como los otros mendigos de la zona.

A veces abría su bolsón de lona remendada y extraía algún libro de Hölderlin o de Kierkegaard o de Hegel y se concentraba en su lectura sin gafas.

Curiosamente, los billetes y hasta algún cheque al portador, no se sabe si en reconocimiento a su afinado silencio o sencillamente porque comprendían que la pobre se había equivocado de época.

Extraído del capítulo "Del faro y otras sombras", de "La vida ese paréntesis".

sábado, septiembre 22, 2007

La borra del café

Amapola maíz - Kees van Dongen


Primeros auxilios

Lo cierto es que la primera casa relevante fue, al menos para mí y no siempre por buenas razones, la de la calle Capurro. En primer término, allí nació mi hermana; en segundo, mi viejo cambió de trabajo y ello redundó en un considerable aumento de sus entradas; en tercero y último, me enfermé de cierto cuidado y el médico prohibió que concurriera al colegio. La convalecencia fue interminable, pero pasados los primeros meses mi viejo contrató a una maestra particular que, tres veces por semana, dedicaba cuatro horas diarias a mi (deformada) formación.

Se llamaba Antonia Vico. Recuerdo el apellido porque rimaba con abanico, y éste era un artefacto que ella levaba en las cuatro estaciones. Aunque siempre estaba acalorada, mi madre nunca le ofrecía el ventilador, pues en mi condición de eterno convaleciente una mera corriente de aire podía provocarme una recaída, o, en el más leve de los casos, una serie de treinta y dos estornudos. Me consta que era delgada, con piel muy blanca y unos ojos oscuros que me dedicaban dos tipos de miradas: una, dulce y comprensiva, cuando mis padres estaban presentes, y otra, inquisidora y severa, cuando nos dejaban solos. En resumidas cuentas, no fue un amor a primera vista.

En general, cuando un niño cualquiera goza de una maestra privada para su exclusivo desgaste, la tendencia natural es a recibir la lección del lunes y luego darle una lectura rápida para así quedar bien cuando llegue el repaso del miércoles. Yo en cambio hacía todo lo contrario: estudiaba el lunes la lección que ella iba a impartirme el miércoles, lo cual provocaba en la pobre muchacha una gran frustración, una suerte de vacío pedagógico, y acaso el temor de que si mis padres se enteraban de que yo avanzaba en mis conocimientos sin que su aporte didascálico fuera imprescindible, decidieran prescindir de tan fútiles servicios. Sin embargo, yo podía ser perverso pero no delator, de modo que nunca comenté con mis padres mis retorcidas tretas de alumno. Mi objetivo no era que Antonia se quedara sin trabajo, sino más bien que tomara conciencia de con quién se las veía. De modo que así seguimos: yo anticipándome a su lección, ella aprendiendo a respetarme. Como me sabía cada tema al dedillo, y detectaba de inmediato cualquier desvío u omisión de su parte, a veces parecía que era yo quien tomaba la lección y ella la que pasaba apuros.

Sólo seis meses después de una inflexible aplicación de esa técnica, o sea cuando al fin estimé que mi honorabilidad estaba a salvo, decidí permitirle que nuestra relación retomara un ritmo más normal y en consecuencia acepté que me dictara la lección antes de yo aprenderla. De más está decir que me lo agradeció en el alma y a partir de ese reajuste empezó a mirarme con ojos dulces y comprensivos, aun cuando mis padres o estaban presentes. Tengo la impresión de que hasta llegó a amarme. Y a esta altura ya no vale la pena ocultarlo; creo que yo también la amé un poquito, tal vez porque aquella mirada dulce, que ahora disfrutaba en exclusividad, me derretía por dentro. En ese entonces yo sólo tenía ocho años, pero lo que más tarde sería reconocido como mi vocación estética me llevó a mirarle las piernas y las encontré hermosas, bien torneadas, seductoras. Quizá no era sólo vocación estética. A esta altura pienso que mi primera y precoz exteriorización erótica se concentró en las ojeadas clandestinas que dediqué a aquellas piernas graciosas y cabales. Incluso soñé con ellas, pero aun en la ocasión onírica no iba más allá de las miradas de admiración y asombro. Imágenes posteriores me recuerdan que Antonia poseía lindos pechos y labios prometedores, pero a los ocho años mi éxtasis tempranero quedaba anclado en sus piernas y no me permitía distraerme en otras franjas de interés.

Mario Benedetti

domingo, febrero 25, 2007

Al-Hem


Un día Al-Hem tuvo que aceptar el compromiso de dar un discurso a todos los asnos de la aldea.

Llegó el momento y Al-Hem se presentó ante todos y les dijo "Hermanos, creo que lo que más puede llamar nuestra atención es el mundo de los humanos y por esto deseo hablar sobre ello".

Todos aceptaron con la cabeza y se levantó una honda expectación ya que Al-Hem tenía fama de ser un profundo conocedor de los asuntos humanos.

Al-Hem elevando la voz decía: "Y ahora, más que dar un discurso clásico sería mi deseo contestar una a una vuestras preguntas sobre este tema. Esto lo considero más adecuado y más provechoso".

También esto fue aceptado por todos con rebuznos de júbilo pues últimamente vien sabían que eran muy pocos los que llegaban hasta la mediación de un discurso sin cabecear sospechosamente.

Tomó la palabra un asno tan viejo que no se acordaba de su edad, y levantando una pata pidió silencio y después dijo:

"Amado Al-Hem todos sabemos de tu sabiduría, por ello te pregunto algo cuya incógnita llena mis días de vela y mis noches de sueño. Dime ¿adónde van los humanos?".

Y Al-Hem se sentó y guardó silencio un momento, apoyando su cabeza sobre una pata. Despúes dijo:

"Tal vez si fueses observador, querido Al-Amén, sabrías que van donde va un molinillo de viento".

Mientras Al-Amén rumiaba la respuesta que le había cogido de improviso y lo dejó mudo, otro aprovechó y dijo:

"Al-hem, ¿crees que algún día seremos autónomos y estaremos libres de la esclavitud a la que nos inducen los humanos?"

Al-Hem le contestó: "Qué te hace pensar que no son los humanos los esclavos de nosotros? Has de saber querido amigo que el esclavo es aquel que se crea una necesidad. En cuanto a ser autónomo, ¿Qué te imppide serlo? ¿Puede algún humano manipular tu mundo interior?"

Mientras éste guardaba silencio y meditaba sobre la respuesta otro asno dijo: "Al-Hem, nuestro hermano más despierto, dinos: ¿Por qué nos tratan con tanta crueldad los humanos?"

Y Al-Hem le contestó: "No conocen otra forma de amarnos".

Un asno joven aún le dijo: "Maestro Al-Hem dime, ¿Qué he de hacer para llegar a ser un buen asno a los ojos de los hombres?"

Y Al-Hem le respondió: "Si tratas de hacer otras cosas diferentes de las que tú haces para ser bueno a sus ojos, aprenderás a ser hipócrita, y llegará el día en que se convierta en un verdadero martirio para ti mantener tu reputación".

Otro le preguntó: "Háblanos un poco del mundo de los humanos, tú que tanto te interesas por ellos".

Y Al-Hem le respondió: "Ver su mundo, es como ver una tragicomedia contínua. Las lágrimas asoman a sus mejillas tan pronto como la risa. El nuestro, creedme que es mucho más sencillo.

Cuando se levantan no saben a dónde van y cuando se acuestan, apenas si saben de dónde vienen. Cuando hablan con sus semejantes no son ellos mismos, ni lo son cuando se hablan a ellos. Todo su afán está en ocultar sus sentimientos. Todo su afán está en saber fingir mejor. Por lo general consideran más sabio entre ellos a aquel que sabe darle a cada uno su mentira.

Cuando se montan en uno de nosotros se sienten su señor, pero no más llegan a sus casas, son mandados por sus mujeres.

Hay algunos, muy pocos, que miran de vez en cuando a las estrellas y sueñan. La mayoría sólo miran las piedras del camino y lo maldicen mil veces aunque dicen adorar a un Dios.

Se aprovechan de los débiles porque aún no han aprendido que la debilidad es una fuerza. No distinguen a los humildes de los sumisos, ni a los maestros de los charlatanes.

Quieren esclavizarlo todo para sentirse señores de su esclavitud interior. ¡Pobres ingenuos!, juegan con las leyes de la Santa Naturaleza sin saber que es como el fuego que los alimenta.

Tan sólo he encontrado entre todos ellos a uno que quizás pudiera ser llamado hombre, según las normas de nuestros antepasados: Al-Ahim.

El me esclavizó cuando me dejó libre, porque soy yo el que deseo servirle. Un día me dijo después de comprarme en el mercado: "Te llamarás Al-Hem y desde hoy no llevarás todo el arreo que llevan los demás burros, ni llevarás riendas. Cuando yo monte sobre ti iré donde tú me lleves no donde yo te diga.

El día en que sin decirnos nada tú me lleves donde yo deseo ir, siento también tu deseo, ese día seremos uno.

El conoce mis pensamientos como yo conozco los suyos y hablamos.

"¿Quién otro humano conocéis que monte un asno sin riendas y no se altere si va en la dirección contraria a la que él desea? ¿Quién no toma la vara para acelerarnos el paso cuando tiene prisa?".

Tan sólo a Al-Ahim conozco que no haga estas y muchas otras cosas. ¿Y sabéis cuál es el secreto?".

Todos quedaron expectantes y un profundo deseo se veía en sus ojos porque pronto Al-Hem se lo revelara.

Al-Hem dijo: "En cierta ocasión, hablando con Al-Ahim de la vida, me dijo: Las circunstancias son como un asno sobre el que montamos y al igual que ellas, a ti no puedo ponerte riendas".


Cayetano Arroyo - Yo soy cuando comprendo

lunes, febrero 19, 2007

Magia Más Insondable de antes de los albores del tiempo

Mientras seguían agazapadas en los arbustos con las manos sobre el rostro, las dos niñas oyeron la voz de la bruja que gritaba:


-¡Ahora! ¡Seguidme todos y daremos fin a lo que queda de esta guerra! No necesitaremos mucho tiempo para aplastar a las sabandijas humanas y a los traidores ahora que el gran idiota, el gran gato, está muerto.

En aquel momento las niñas corrieron, por unos pocos segundos, un gran peligro, pues entre gritos salvajes y un agudo sonido de gaitas y estridentes trompas, toda aquella repugnante chusma abandonó en tromba la cima de la colina descendiendo por la ladera y pasando junto a su escondite. Notaron como los espectros pasaban por su lado como un viento helado y como el suelo temblaba a sus pies bajo el galopar de los cascos de los minotauros; y sobre sus cabezas pasó un revoloteo de asquerosas alas y una negra masa de buitres y murciélagos gigantes. En cualquier otro momento habrían temblado de miedo; pero en aquellos instantes la tristeza, la vergüenza y el horror de la muerte de Aslan ocupaban hasta tal punto sus mentes que apenas pensaron en ello.

En cuanto el bosque volvió a quedar en silencio, Susan y Lucy se deslizaron sigilosas hasta la cima al descubierto de la colina. La luna empezaba a descender y finas nubes la atravesaban, pero aún pudieron ver la figura del león que yacía atado y sin vida. Las dos se arrodillaron sobre la húmeda hierba y besaron su rostro helado y acariciaron su hermoso pelaje –lo que quedaba de él-, y lloraron hasta quedarse sin lágrimas. Luego se miraron la una a la otra, se tomaron de las manos sintiéndose muy solas y volvieron a llorar; y a continuación volvieron a quedar en silencio. Finalmente, Lucy dijo:

-No soporto contemplar ese horrible bozal, ¿No podríamos quitárselo?


Así pues lo intentaron; y tras muchos esfuerzos, debido a que tenían los dedos helados y además era la hora más oscura de la noche, consiguieron su objetivo. En cuanto vieron su rostro sin él, volvieron a prorrumpir en lágrimas y lo besaron y acariciaron y limpiaron la sangre y la espuma tan bien como pudieron.


La suya era una sensación de soledad, desesperación y espanto mucho mayor de la que yo sabría describir.


-Y me pregunto, ¿no podríamos desatarlo también? –dijo Susan entonces.


Sin embargo los enemigos, por pura malevolencia, habían tensado las cuerdas de tal modo que las niñas no consiguieron deshacer los nudos.


Espero que nadie que lea este libro se haya sentido jamás tan desdichado como se sentían Susan y Lucy aquella noche; pero si alguien se ha sentido así –si ha permanecido despierto toda la noche y llorando hasta quedarse sin lágrimas- sabrá que al final llega una especie de calma. Uno se siente como si nada fuera a suceder de ahí en adelante. En cualquier caso, así fue como se sintieron ellas dos. Parecieron transcurrir horas y horas en medio de aquella calma absoluta, y apenas se dieron cuenta de que cada vez sentían más frío. Pero por fin Lucy advirtió dos cosas. Una fue que el cielo por el lado este de la colina estaba un poco menos oscuro de lo que había estado una hora antes; la otra fue un movimiento apenas perceptible en la hierba a sus pies. Al principio no sintió ningún interés por esto último. ¿Qué importaba? ¡Nada importaba ya! Pero finalmente observó que lo que quiera que fuera había empezado a ascender por las piedras verticales de la Mesa de Piedra, y que se movía ya sobre el cuerpo de Aslan. Miró con más atención. Eran unas cositas grises.


-¡Puaj! Exclamó Susan desde el otro lado de la Mesa-. ¡Qué asqueroso! Hay unos ratones horribles reptando por todo su cuerpo. Fuera, criaturas mugrientas. –Y alzó la mano para asustarlos y que se marcharan.


-¡Espera! –dijo Lucy, que los había estado contemplando con más atención-. ¿Distingues lo que hacen?


Las dos niñas se inclinaron al frente y observaron fijamente.


-Creo... –empezó Susan-. Pero ¡qué curioso! ¡Están mordisqueando las cuerdas!


-Eso mismo pensaba yo –indicó Lucy-. Creo que los ratones están de nuestro lado. Pobrecillos, no se dan cuenta de que está muerto. Creen que servirá de algo desatarlo.


Sin lugar a dudas había más luz ya, y cada una de las niñas observó por vez primera el rostro pálido de la otra. Vieron cómo los ratones mordisqueaban las sogas; eran docenas y docenas, incluso cientos, de pequeños ratones de campo. Finalmente, una a una, las cuerdas quedaron totalmente roídas.


El cielo por el este empezaba a clarear ya en aquellos momentos y las estrellas a desvanecerse; todas excepto una muy grande situada en un punto bajo del horizonte oriental. Las dos hermanas sintieron más frío del que habían sentido durante toda la noche. Los ratones desaparecieron en silencio.


Las niñas apartaron los restos de las cuerdas roídas. Aslan se parecía más a sí mismo sin cuerdas. A medida que aumentaba la luz y podían verlo con más detalle, se dieron cuenta de que su rostro sin vida resultaba más noble a cada momento que pasaba.


En el bosque a sus espaldas un pájaro emitió un gorjeo. Todo había estado tan silencioso durante horas y horas que el sonido las sobresaltó. Entonces otro pájaro respondió, y no tardó en oírse el canto de aves por todas partes.


Sin lugar a dudas era ya el amanecer, no el final de la noche.


-Tengo mucho frío –dijo Lucy.


-Yo también –respondió Susan-. Caminemos un poco.


Fueron hasta el borde oriental de la colina y miraron abajo. La solitaria estrella grande casi había desaparecido. El terreno se veía de un color gris oscuro, pero más allá, en el mismo final del mundo, el mar aparecía pálido. El cielo empezó a enrojecer. Anduvieron de un lado a otro más veces de las que fueron capaces de contar entre el cuerpo sin vida de Aslan y la cresta oriental, intentando entrar en calor; y ¡Dios mío, qué cansadas notaban las piernas! Luego, por fin, mientras permanecían por un instante con la vista puesta en dirección al mar y a Cair Paravel, que en aquellos momentos ya empezaban a distinguir, el rojo se convirtió en dorado a lo largo de la línea donde se unían el cielo y el mar y, muy despacio, apareció la silueta del sol. En ese instante oyeron a su espalda un fuerte ruido; un enorme y ensordecedor crujido, como si un gigante acabara de romper un plato descomunal.


-¿Qué es eso? –preguntó Lucy, aferrándose al brazo de Susan.


-Me... da miedo volverme –dijo ella-; sucede algo horrible.


-Le están haciendo algo peor –declaró Lucy- ¡Vamos! –se dio la vuelta, arrastrando a Susan con ella.


La salida del sol había hecho que todo tuviera un aspecto muy diferente –todos los colores y sombras habían cambiado-, tanto que por un momento no vieron lo más importante. Aunque no tardaron en verlo. La Mesa de Piedra estaba rota en dos pedazos con una enorme hendidura que la recorría de extremo a extremo; y no había ni rastro de Aslan.


-¡Oh, oh! Exclamaron las dos, regresando a toda prisa hasta la Mesa.


-No, esto es insoportable –sollozó Lucy-; podrían haber dejado en paz el cuerpo.


-¿Quién lo ha hecho? –exclamó Susan-. ¿Qué significa? ¿Es magia?


-¡Sí! –contestó una potente voz a su espalda-. Es más magia.


Se dieron la vuelta. Allí, brillando bajo la luz del amanecer, más grande de lo que habían visto antes, sacudiendo la melena, que al parecer había vuelto a crecer, estaba el propio Aslan.


-¡Aslan! Exclamaron las dos niñas a la vez, alzando la vista hacia él, casi tan asustadas como felices.


-¿No estás muerto, entonces, querido Aslan? –preguntó Lucy.


-Ahora no.


-¿No serás... un...? –inquirío Susan con voz temblorosa, incapaz de pronunciar la palabra fantasma.


Aslan inclinó la dorada cabeza y le lamió la frente. El calor de su aliento y una especie de fuerte aroma que parecía envolver su melena embargó a la niña.


-¿Lo parezco? –preguntó el leon.


-¡Eres real, eres real! ¿Qué bien, Aslan! –exclamó Lucy, y las dos hermanas se arrojaron sobre él y lo cubrieron de besos.


-Pero ¿qué significa todo esto? –quiso saber Susan cuando estuvieron algo más tranquilas.


-Significa –respondió Aslan- que aunque la bruja conocía la existencia de la Magia Insondable, existe una Magia Más Insondable aún que ella desconoce. Sus conocimientos se remontan únicamente a los albores del tiempo; pero si hubiera podido mirar un poco más atrás, a la quietud y la oscuridad que existía antes del amanecer del tiempo, habría leído allí un sortilegio distinto. Habría sabido que cuando una víctima voluntaria que no ha cometido ninguna traición fuera ejecutada en lugar de un traidor, la Mesa se rompería y la muerte misma efectuaría un movimiento de retroceso. Y ahora...


-Sí, dinos, ¿y ahora? –quiso saber Lucy, dando saltos y palmadas.


-Niñas, niñas –repuso el león-, siento que las fuerzas regresan a mí. ¡Niñas, pilladme si podéis!


Se quedó quieto durante un segundo, con los ojos muy brillantes, la patas estremecidas y sin dejar de azotarse a sí mismo con la cola. Luego efectuó un gran salto por encima de las cabezas de las dos hermanas y fue a aterrizar al lado contrario de la Mesa. Riendo, aunque sin saber el motivo, Lucy trepó al otro lado para atraparlo. Aslan volvió a saltar, y se inició una loca persecución. Les hizo dar vueltas una y otra vez alrededor de la cima de la colina, ora desesperadamente fuera de su alcance, ora pasando entre ellas, ora arrojándolas al aire con las enormes y almohadilladas zarpas para a continuación volverlas a agarrar y luego detenerse de improviso, de modo que los tres rodasen juntos por el suelo en un alegre y risueño montón de pelo, brazos y piernas. Jamás se había conocido en Narnia un retozar semejante; y Lucy no acabó de decidir si fue más parecido a jugar con una tormenta o con un gatito. Lo más divertido de todo fue que cuando por fin acabaron los tres tumbados y jadeando bajo el sol, las niñas ya no se sentían en absoluto cansadas, hambrientas ni sedientas.


C.S. Lewis - El león, la bruja y el armario - Crónicas de Narnia.


sábado, febrero 17, 2007

Ilusiones

Vino al mundo un Maestro, nacido
en la tierra santa de Indiana,
criado en las colinas místicas
situadas al este de Fort Wayne.

El Maesro aprendió lo que concernía
a este mundo en las escuelas públicas
de Indiana y luego, cuando creció,
en su oficio de mecánico de automóviles.

Pero el Maestro traía consigo
los conocimientos de otras tierras
y otras escuelas, de otras vidas que
había vivido. Los recordaba, y puesto
que los recordaba adquirió sabiduría
y fuerza, y la gente descubrió su
fortaleza y acudió a él en busca
de consejo.

El Maestro creía que disfrutaba
de la facultad de ayudarse a sí mismo
y de ayudar a toda la Humanidad,
y puesto que lo creía, así fue, de modo
que otros vieron su poder y acudieron
a él para que les curase de sus
tribulaciones y sus muchas enfermedades.

El Maestro creía que es bueno
que todo hombre se vea a sí mismo
como hijo de Dios, y puesto que
lo creía, así fue, y los talleres
y los garajes donde trabajaba
se poblaron y atestaron con quienes
buscaban su sabiduría y
el contacto de su mano, y
las calles circundantes con
quienes sólo anhelaban que
su sombra pasajera se
proyectara sobre ellos
y cambiara sus vidas.

Sucedió, en razón de las multitudes,
que varios capataces y jefes
de talleres le ordenaron al
Maestro que dejara sus herramientas
y siguiera su camino,
porque el apiñamiento era tal
que ni él ni los otros mecánicos
tenían espacio para trabajar
en la reparación de
los automóviles.

Se internó, pues, en la campiña,
y sus seguidores empezaron
a llamarlo Mesías, y hacedor
de milagros; y puesto
que lo creían, así fue.

Si estallaba una tormenta
mientras él hablaba, ni una sola
gota de lluvia tocaba la cabeza
de uno de sus oyentes, y quienes
estaban en el fondo de la multitud
escuchaban sus palabras
con tanta nitidez como los primeros,
aunque en el cielo retumbaran rayos
y truenos. Y siempre les hablaba
en parábolas.

Y les dijo: "En cada uno de
nosotros reside el poder de prestar
consentimiento a la salud y a la
enfermedad, a las riquezas y
a la pobreza, a la libertad y a
la esclavitud. Somos nosotros quienes
las domeñamos y no otro.

Un obrero habló y dijo: "Es fácil
para ti, Maestro, porque a ti te
guían y a nosotros no, y no
necesitas trabajar como trabajamos
nosotros. En este mundo el hombre
debe trabajar para ganarse la vida."

El Maestro respondió y dijo: "Una vez
vivía un pueblo en el lecho de
un gran río cristalino.

"La corriente del río se deslizaba
silenciosamente sobre todos sus
habitantes: jóvenes y ancianos,
ricos y pobres, buenos y malos,
y la corriente seguía su camino,
ajena a todo lo que no fuera
su propia esencia de cristal.

"Cada criatura se aferraba como
podía a las ramitas y rocas del
lecho del río, porque su modo de vida
consistía en aferrarse y porque desde
la cuna todas habían aprendido
a resistir la corriente.

"Pero al fin una criatura dijo:
Estoy harta de asirme. Aunque no lo
veo con mis ojos, confío en que la
corriente sepa hacia dónde va.
Me soltaré y dejaré que me lleve
adonde quiera. Si continúo
inmovilizada, me moriré
de hastío."

"Las otras criaturas rieron
y exclamaron: ¡Necia!; Súeltate,
y la corriente que veneras te
arrojará, revolcada y hecha pedazos,
contra las rocas, y morirás más
rápidamente que de hastío!"

"Pero la que había hablado en
primer término no les hizo caso,
y después de inhalar profundamene
se soltó; inmediatamente la
corriente la revolcó y la lanzó
contra las rocas.

"Mas la criatura se empecinó
en no volver a aferrarse, y entonces
la corriente la alzó del fondo y
ella no volvió a magullarse ni a lastimarse.

"Y las criaturas que se hallaban
aguas abajo, que no la conocían,
clamaron: ¡Ved un milagro! ¡Una
criatura, como nosotras, y sin embargo
vuela! ¡Ved al Mesias que ha venido
a salvarnos a todas!

"Y la que habia sido arrastrada
por la corriente respondió: "No soy
más mesías que vosotras. El río
se complace en alzarnos, con la
condicion de que nos atrevamos a
soltarnos. Nuestra verdadera tarea
es este viaje, esta aventura.

"Pero seguían gritando, aún mas alto:
¡Salvador!, sin dejar de aferrarse
a las rocas. Y cuando volvieron a
levantar la vista, había desaparecido,
y se quedaron solas, tejiendo
leyendas acerca de un Salvador."

Y sucedió que cuando vio que la
multitud crecía día a día, más
hacinada y apretada y enfervorizada
que nunca, y cuando vio que los
hombres le urgían para que les curara
sin descanso, para que les alimentara
con sus milagros, para que aprendiera
por ellos y viviera sus vidas, se
sintió afligido, y ese día subió
solo a la cima de un monte
solitario y alli oró.

Y dijo en el fondo de su alma:
"Será un Portento Infinito, si esa
es tu voluntad, que apartes de mi
este cáliz, que me ahorres esta
tarea imposible. No puedo vivir las
vidas de los demás, y sin embargo diez
mil personas me lo suplican. Lamento haber
permitido que sucediera todo esto. Si esa
es tu voluntad, autorízame a volver a mis
motores y a mis herramientas, y
a vivir como los otros hombres".

Y una voz le habló en las alturas,
una voz que no era ni masculina ni
femenina, poderosa, ni suave, sino
infinitamente bondadosa. Y la voz
le dijo: "No se hará mi voluntad,
sino la tuya. Porque lo que tú
deseas es lo que yo deseo de ti.
Sigue tu camino como los otros
hombres, y que seas feliz
en la tierra."

Al escucharla, el Maestro se
regocijó, y dio las gracias, y bajó
de la cima del monte tarareando
una cancioncilla popular entre los
mecánicos. Y cuando la multitud
le urgió con sus penas, y le imploró
que la curara y aprendiese por ella
y la alimentara incesantemente con
su sabiduría y le entretuviera
con sus milagros, él le sonrió
y le dijo apaciblemente:
"Renuncio."

Por un momento, la muchedumbre
quedó muda de asombro.

Y él continuó: "Si un hombre le dijera
a Dios que su mayor deseo consistía
en ayudar al mundo atormentado,
a cualquier precio, y Dios le
contestara y le explicara lo
que debía hacer ¿tendría
el hombre que obedecer?"

"¡Claro, Maestro!", clamó la
multitud. "¡Si Dios se lo pide
deberá soportar complacido
las torturas del mismísimo infierno!"

"Cualesquiera que sean esas torturas,
y por ardua que sea la tarea?"

"Deberá enorgullecerse de ser
ahorcado, deleitarse de ser
clavado a un árbol y quemado,
si eso es lo que Dios le ha pedido",
contestó la muchedumbre.

"¿Y qué haríais -preguntó el Maestro
a la concurrencia- si Dios os hablara
directamente a la cara y os dijera:
"OS ORDENO QUE SEÁIS FELICES
EN EL MUNDO, MIENTRAS
VIVÁIS"? ¿Qué haríais entonces?"

La multitud permaneció callada.
Y no se oyó una voz, un ruido,
entre las colinas ni en los valles
donde estaba congregada.

Y el Maestro dijo, digiriéndose
al silencio: "En el sendero de nuestra
felicidad encontraremos la sabiduria
para la que hemos elegido esta
vida. Esto es lo que he aprendido
hoy, y opto por dejaros ahora
para que transitéis por vuestro
propio camino, como deseáis."

Y marchó entre las multitudes
y las dejó, y retornó al mundo
cotidiano de los hombres
y las máquinas.

Richard Bach - Ilusiones



Los Campanilleros - Ismael Serrano


jueves, mayo 25, 2006

Domestícame


Cuando conocí a ese ser especial que mencionaba al inicio del post anterior, una de las primeras cosas que me dijo fue "tengo que domesticarte". Es fácil adivinar mi reacción ante esas palabras, pero enseguida añadió "¿tú has leído El Principito? ve a esta dirección http://www.franciscorobles.com.ar/libros/principito y léelo. Yo preferí rebuscar entre mis libros hasta dar con el ejemplar que había leído muchos años atrás, tantos que no recordaba el encuentro del principito con el zorro y ese diálogo tan, tan hermoso....


ENTONCES apareció el zorro:

-¡Buenos días! -dijo el zorro.

-¡Buenos días! -respondió cortésmente el principito que se volvió pero no vió nada.

-Estoy aquí, bajo el manzano -dijo la voz.


-¿Quién eres tú? -preguntó el principito-. ¡Qué bonito eres!

-Soy un zorro -dijo el zorro.

-Ven a jugar conmigo -le propuso el principito-, ¡estoy tan triste!

-No puedo jugar contigo -dijo el zorro-, no estoy domesticado.

-¡Ah, perdón! -dijo el principito.

Pero después de una breve reflexión, añadió:

-¿Qué significa "domesticar"?

-Tú no eres de aquí -dijo el zorro- ¿qué buscas?

-Busco a los hombres -le respondió el principito-. ¿Qué significa "domesticar"?

-Los hombres -dijo el zorro- tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! Pero también crían gallinas. Es lo único que les interesa. ¿Tú buscas gallinas?

-No -dijo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"? -volvió a preguntar el principito.

-Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa "crear lazos... "

-¿Crear lazos?

-Efectivamente, verás -dijo el zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos. Y no te necesito. Tampoco tú tienes necesidad de mí. No soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...

-Comienzo a comprender -dijo el principito-. Hay una flor... creo que ella me ha domesticado...

-Es posible -concedió el zorro-, en la Tierra se ven todo tipo de cosas.

-¡Oh, no es en la Tierra! -exclamó el principito.

El zorro pareció intrigado:

-¿En otro planeta?

-Sí.

-¿Hay cazadores en ese planeta?

-No.

-¡Qué interesante! ¿Y gallinas?

-No.

-Nada es perfecto -suspiró el zorro.

Y después volviendo a su idea:

-Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres son iguales; por consiguiente me aburro un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de sol. Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.

El zorro se calló y miró un buen rato al principito:

-Por favor... domestícame -le dijo.

-Bien quisiera -le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.

-Sólo se conocen bien las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, los hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!

-¿Qué debo hacer? -preguntó el principito.

-Debes tener mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca...

El principito volvió al día siguiente.

-Hubiera sido mejor -dijo el zorro- que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la felicidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunca sabré cuándo preparar mi corazón... Los ritos son necesarios.

-¿Qué es un rito? -inquirió el principito.

-Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.

De esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando el día de la partida:

-¡Ah! -dijo el zorro-, lloraré.

-Tuya es la culpa -le dijo el principito-, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique...

-Ciertamente -dijo el zorro.

- Y vas a llorar!, -dijo el principito.

-¡Seguro!

-No ganas nada.

-Gano -dijo el zoro- he ganado a causa del color del trigo.

Y luego añadió:

-Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré un secreto.

El principito se fue a ver las rosas a las que dijo:

-No son nada, ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie. Son como el zorro era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.

Las rosas se sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles:

-Son muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera que las vea podrá creer indudablemente que mí rosa es igual que cualquiera de ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas, porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el fanal, porque yo le maté los gusanos (salvo dos o tres que se hicieron mariposas ) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta callarse. Porque es mi rosa, en fin.

Y volvió con el zorro.

-Adiós -le dijo.

-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple : Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos.

-Lo esencial es invisible para los ojos -repitió el principito para acordarse.

-Lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.

-Es el tiempo que yo he perdido con ella... -repitió el principito para recordarlo.

-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa...

-Yo soy responsable de mi rosa... -repitió el principito a fin de recordarlo

Pasó el tiempo y una noche en que estaba triste, mi ya amigo me dijo "tendrás estrellas que ríen", pero ese es otro capítulo del Principito.



John Williams - The feather
Esto no es un blog al uso, sólo un rincón donde pongo lo que más me gusta, para disfrute propio. Es público porque tal vez en algún momento alguien necesite un texto, una imagen, una canción. Si es así, habrá servido de algo.

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