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domingo, noviembre 14, 2010

Carta de Federico Garcia Lorca a Jorge Zalamea

[Granada, finales de agosto / principios de septiembre, 1928]



Querido Jorge:

He recibido tu carta. Yo creí que estabas molesto. Celebro con todo mi pobrecito corazón (este desdichado hijo mío), que estés como antes, como la primera vez. Lo pasas mal y no debes. Dibuja un plano de tu deseo y vive en ese plano dentro siempre de una norma de belleza. yo lo hago así, querido amigo... ¡y qué difícil me es! pero lo vivo. Estoy un poco en contra de todos, pero la belleza viva que pulsan mis manos me conforta de todos los sinsabores. Y teniendo conflictos de sentimientos muy graves y estando transido de amor, de suciedad, de cosas feas, tengo y sigo mi norma de alegría a toda costa. No quiero que me venzan. Tú no debes dejarte vencer. Yo sé muy bien lo que te pasa.

Estás en una triste edad de duda y llevas un problema artístico a cuestas, que no sabes cómo resolver. No te apures. Ese problema se soluciona solo. Una mañana empezarás a ver claro. Lo sé. Me apena que te pasen cosas malas. Pero debes aprender a vencerlas, sea como sea. Todo es preferible a verse comido, roto, machacado por ellas. Yo he resuelto estos días con voluntad uno de los estados más dolorosos que he tenido en mi vida. Tú no te puedes imaginar lo que es pasarse noches enteras en el balcón viendo una Granada nocturna, vacía para mí y sin tener el menor consuelo de nada.

Y luego... procurando constantemente que tu estado no se filtre en tu poesía, porque ella te jugaría la trastada de abrir lo más puro tuyo ante las miradas de los que no deben nunca verlo. Por eso, por disciplina, hago estas academias precisas de ahora y abro mi alma ante el símbolo del Sacramento, y mi erotismo en la "Oda a Sesostris", que llevo mediada.

Te hablo de estas cosas, porque tú me lo pides; yo no hablaría más que de lo que, exterior a mí, me hiere de lejos de una manera segura y sapientísima.

¡Pero me defiendo! Soy más valiente que el Cid (Campeador).

Esta "Oda a Sesostris" te gustará, porque entra dentro de mi género furioso. La "Oda al Sacramento" está ya casi terminada. Y me parece de una gran intensidad. Quizás el poema más grande que yo haya hecho.

La parte que hago ahora (tendrá más de trescientos versos en total) es "Demonio, segundo enemigo del alma", y eso es fuerte.



Honda luz cegadora de materia crujiente,

luz oblicua de espadas y mercurio de estrella,

anunciaban el cuerpo sin amor que llegaba

por todas las esquinas del abierto domingo.



Forma de la belleza sin nostalgia ni sueño.

Rumor de superficies libertadas y locas.

Médula de presente. Seguridad fingida

de flotar sobre el agua con el torso de mármol.



Cuerpo de la belleza que late y que se escapa.

Un momento de venas y ternura de ombligo.

Amor entre paredes y besos limitados,

con el miedo seguro de la meta encendida.



Bello de luz, oriente de la mano que palpa.

Vendaval y mancebo de rizos y moluscos,

fuego para la carne sensible que se quema,

níquel para el sollozo que busca a Diso volando.



Me parece que este Demonio es bien Demonio. Cada vez esta parte se va haciendo más oscura, más metafísica, hasta que al final surge la belleza cruelísima del enemigo, belleza hiriente, enemiga del amor.

Adiós. Te he dado la lata. Un abrazo muy cariñoso de



Federico



Escríbeme.

domingo, agosto 01, 2010

domingo, abril 25, 2010

18 de mayo. Federico, bromista

De izquierda a derecha: Carlos Morla Lynch, Federico García Lorca y el embajador de Chile


Ha llegado de Buenos Aires tan contento y alegre que no se puede más. Ha telefoneado dos veces en el día y una en la noche sin dar su nombre. La primera llamada fue para hacerse pasar por "un señor don Pepe", de Tortosa, que deseaba obtener una recomendación para el presidente de Chile con el fin de establecer en Antofagasta, la región más árida del país, en la que escasea el agua, un negocio de piscinas. Se lo creí y lo cité para mañana.

La segunda vez me declaró, con voz ronca, "que era un novillero que tenía encargo de Cagancho* de ofrecerme el puesto de mozo de estoques en su cuadrilla". También se lo creí, pensando que "eran cosas de gitano".

Por último -envalentonado con mi ingenuidad-, llamó cuando ya me hallaba en la cama, cansado y con sueño, para comunicarme, en un tono airado, "que yo no había pagado el mono que compré anoche en la calle de Alcalá". Y como yo todo lo creo posible, iba a contestar "que se trataba de un error de personas", cuando soltó la carcajada. Y le reconocí.

Me limité a decirle -sin enfadarme por cierto- que era un ocioso y que me dejara dormir en paz.

Aparece, no obstante, un rato después y se sienta a los pies de mi cama, animado, charlador, alegre como unas pascuas.

-¿Cómo puedes pensar en dormir "cuando la vida está que arde fuera"?

Y mi habitación se va llenando poco a poco de visitantes que lo escuchan embelesados. Se podría escribir un libro con el relato que nos hace de las peripecias de su viaje.

A las dos de la mañana se pone en pie, y con un cepillo se limpia el traje de arriba abajo... y creo que se marcha. Pero no. Afina la guitarra y comienza a cantar granadinas y fandangos. Y a mí se me empieza a revolver el alma.

A las cuatro le imploro que se vaya, a pesar de que ya no me siento con sueño ni cansado; tengo más bien ganas de levantarme y de irme con todos ellos a tomar chocolate a la Puerta del Sol o la Plaza Mayor. Pero me dice que debo reposar porque tiene para mañana dos entradas para la corrida de Tetuán.

Ya se han ido, mas no puedo dormir. Me pongo la bata y me siento al piano.

He compuesto dos canciones más. Una para "El herido", de Rafael Alberti, y otra para un poema -que me ha llenado de asombro- que me ha traído el chiquillo Serafín**. Se titula "Enamorado de nadie".

En España con Federico García Lorca. Carlos Morla Lynch


* "Cagancho", apodo del torero Joaquín Rodriguez Ortega (Sevilla, Triana 1903 - México 1984)
** Serafín Fernández Ferro, actor (Monelos 1912 - México 1957)

Carlos Morla Lynch fue diplomático en la Embajada de Chile en Madrid. Vivió en España de 1928 a 1939 y mantuvo una relación intensa y muy cercana con los intelectuales del momento.

sábado, octubre 11, 2008

Cadaqués

Cadaqués, Agosto 2008

Carta de Federico García Lorca a su familia

[Cadaqués, 8 abril 1925]

Queridos padres y hermanos:

Estoy en Cadaqués, pueblecito de Gerona, como os dije, y una de las maravillas del Mediterráneo. No os podéis imaginar, acostumbrados al mar de Málaga, este mar "Costa Brava" lleno de ensenadas, de calas y acantilados por los que asoman inmensos olivares y viñas, rocas color naranja y manchas verdes de pinares. ¡Una maravilla! El viaje a Barcelona es bonito porque se pasa por esa tierra seca y delirante de Aragón, roca viva y vieja angustia de España y se atraviesa esta estupenda y riquísima Cataluña, admirable región que cuenta desde ahora con todas mis simpatías. La familia de Dalí me ha recibido exquisitamente toda vez que el padre es un hombre cultísimo y que sabe una infinidad de poemas míos de memoria. Tienen conmigo un cuidado y una serie de detalles verdaderamente deliciosos. Sufro de que vosotros no podáis ver conmigo estos mares y esta tierra del Ampurdá llena de cosas griegas y con una elegancia y una antigüedad que os admirarían como a mí.

Hoy hemos hecho una excursión al Cabo Creus y la costa de Francia con unos pescadores que se llaman Filemón y Bancis. ¿No es esto, querido Paquito, una pura égloga de Hesíodo? Durante el viaje por mar que ha durado todo el día los pescadores han contado historias de una sencillez y una poesía verdaderamente intensas. Filemón es un joven de veinte años, melancólico y recatado. Él narraba las anécdotas clásicas de amor y brujas (bruxas) mientras la vela latina temblaba en el mar celeste, verde y lapislázuli. Bancis es un hombre de treinta abriles, humorista y esquivo que hablaba de lo divino y lo humano con una gracia y una alegría sorprendentes. "Demá (mañana) matan a nostro Senyor", decía con una ironía... Hablaba de los curas y las gentes del pueblo con una clase de gracia exclusivamente catalana. A la vuelta hemos tenido un mar picado y he llegado a la casa con una careta de sal marina. Mañana, Jueves Santo, me llevan a Gerona a ver los oficios en la Catedral y el Lunes de Resurrección daré la lectura probablemente en Barcelona, que ya hay cierta expectación entre la gente del Ateneo. Antes de Barcelona tendré que leer en la Biblioteca de la Mancomunidad de Figueras, pues hoy ha llegado a Cadaqués un muchacho literato a invitarme en nombre de todos. Yo lo haré, pues esta gente se porta conmigo espléndidamente. España está muerta pero Cataluña está viva y como está viva hay vida literaria y política y social. Esto he tenido ocasión de observar en mi corta estancia. En Barcelona hablaré con el zorro sinvergüenza de Martinez Sierra. Ya os tendré al corriente.

Bona nit, queridos míos, acordarse de mí como yo de vosotros. Sobre todo me acuerdo de mamá porque sé lo que le gusta el mar. ¡Qué mar tan precioso, mamá! Haré que se me ensanchen los pulmones por mí y por ti. Adiós, escribidme -"Casa de Salvador Dalí. Cadaqués. Gerona"- enseguida para que me llegue la carta. Abrazos y besos.

Federico


Port LLigat, Agosto 2008

miércoles, mayo 21, 2008

Niño mudo

Federico García Lorca


Maiden Voyage - Sally Swatland

EL NIÑO MUDO

El niño busca su voz.
(La tenía el rey de los grillos.)
En una gota de agua
buscaba su voz el niño.
No la quiero para hablar;
me haré con ella un anillo
que llevará mi silencio
en su dedo pequeñito.

En una gota de agua
buscaba su voz el niño.

(La voz cautiva, a lo lejos,
se ponía un traje de grillo.)

domingo, marzo 02, 2008

Confieso que he vivido/2

Pablo Neruda


Federico García Lorca - Manuel Ángeles Ortiz

El crimen fue en Granada

Justamente cuando escribo estas líneas, la España oficial celebra muchos –tantos!- años de insurrección cumplida. En este momento, el Caudillo vestido de oro y azul, rodeado por la guardia mora, junto al embajador norteamericano, al de Inglaterra y a varios más, pasa revista a las tropas. Unas tropas compuestas, en su mayoría, de muchachos que no conocieron aquella guerra.
Yo sí la conocí. Un millón de españoles muertos! Un millón de exiliados! Parecía que jamás se borraría de la conciencia humana esa espina sangrante. Sin embargo, los muchachos que ahora desfilan frente a la guardia mora, ignoran tal vez la verdad de esa historia tremenda.

Todo empezó para mí la noche del 19 de julio de 1936. Un chileno simpático y aventurero, llamado Bobby Deglané, era empresario de catch-as-can en el gran circo Price de Madrid. Le manifesté mis reservas sobre la seriedad de ese “deporte”, y él me convenció de que fuera al circo, junto con García Lorca, a verificar la autenticidad del espectáculo. Convencí a Federico y quedamos en encontrarnos allí a una hora convenida. Pasaríamos el rato viendo las truculencias del Troglodita Enmascarado, del Estrangulador Abisinio y del Orangután Siniestro.

Federico faltó a la cita. Ya iba camino de su muerte. Ya nunca más nos vimos. Su cita era con otros estranguladores. Y de ese modo la guerra de España, que cambió mi poesía, comenzó para mí con la desaparición de un poeta.

Qué poeta! Nunca he visto reunidos como en él la gracia y el genio, el corazón alado y la cascada cristalina. Federico García Lorca era el duende derrochador, la alegría centrífuga que recogía en su seno e irradiaba como un planeta la felicidad de vivir. Ingenuo y comediante, cósmico y provinciano, músico singular, espléndido mimo, espantadizo y supersticioso, radiante y gentil, era una especie de resumen de las edades de España, del florecimiento popular; un producto arábigo-andaluz que iluminaba y perfumaba como un jazminero toda la escena de aquella España, ay de mí! Desaparecida.

A mí me seducía el gran poder metafórico de García Lorca y me interesaba todo cuanto escribía. Por su parte, él me pedía a veces que le leyera mis últimos poemas y, a media lectura, me interrumpía a voces: “No sigas, no sigas, que me influencias!”

En el teatro y en el silencio, en la multitud y en el decoro, era un multiplicador de la hermosura. Nunca vi un tipo con tanta magia en las manos, nunca tuve un hermano más alegre. Reía, cantaba, musicaba, saltaba, inventaba, chisporroteaba. Pobrecillo, tenía todos los dones del mundo, y así como fue un trabajador de oro, un abejón colmenar de la gran poesía, era un manirroto de su ingenio.

-Escucha –me decía, tomándome de un brazo-, ves esa ventana? No la hallas chorpatélica?
-Y qué significa chorpatélico?
-Yo tampoco lo sé, pero hay que darse cuenta de lo que es o no es chorpatélico. De otra manera uno está perdido. Mira ese perro, qué chorpatélico es!

O me contaba que en un colegio de niños de corta edad, en Granada, le invitaron a una conmemoración del Quijote, y que cuando llegó a las aulas, todos los niños cantaron bajo la dirección de la directora:

Siempre siempre será celebrado
Desde el uno hasta el otro confín
Este libro que fue comentado
Por don F. Rodríguez Marín.


Una vez dicté yo una conferencia sobre García Lorca, años después de su muerte, y uno del público me preguntó:

-Por qué dice usted en la “Oda a Federico” que por él “pintan de azul los hospitales”?
-Mire, compañero –le respondí, hacerles preguntas de ese tipo a un poeta es como preguntarle la edad a las mujeres. La poesía no es una materia estática, sino una corriente fluida que muchas veces se escapa de las manos del propio creador. Su materia prima está hecha de elementos que son y al mismo tiempo no son, de cosas existentes e inexistentes. De todos modos, trataré de responderle con sinceridad. Para mí el color azul es el más bello de los colores. Tiene la implicación del espacio humano, como la bóveda celeste, hacia la libertad y la alegría. La presencia de Federico, su magia personal, imponían una atmósfera de júbilo a su alrededor. Mi verso probablemente quiere decir que incluso los hospitales, incluso la tristeza de los hospitales, podía transformarse bajo el hechizo de su influencia y verse convertidos de pronto en bellos edificios azules.

Federico tuvo un preconocimiento de su muerte. Una vez que volvía de una jira teatral me llamó para contarme un suceso muy extraño. Con los artistas de “La Barraca” había llegado a un lejanísimo pueblo de Castilla y acamparon en los aledaños. Fatigado por las preocupaciones del viaje, Federico no dormía. Hacía frío, ese frío de cuchillo que Castilla tiene reservado al viajero, al intruso. La niebla se desprendía en masas blancas y todo lo convertía a su dimensión fantasmagórica.

Una gran verja de fierro oxidado. Estatuas y columnas rotas, caídas entre la hojarasca. En la puerta de un viejo dominio se detuvo. Era la entrada al extenso parque de una finca feudal. El abandono, la hora y el frío hacían la soledad más penetrante. Federico se sintió de pronto agobiado por lo que saldría de aquel amanecer, por algo confuso que allí tenía que suceder. Se sentó en un capitel caído.

Un cordero pequeñito llegó a ramonear las yerbas entre las ruinas y su aparición era como un pequeño ángel de niebla que humanizaba de pronto la soledad, cayendo como un pétalo de ternura sobre la soledad del paraje. El poeta se sintió acompañado.

De pronto, una piara de cerdos entró también al recinto. Eran cuatro o cinco bestias oscuras, cerdos negros semisalvajes con hambre cerril y pezuñas de piedra.

Federico presenció entonces una escena de espanto. Los cerdos se echaron sobre el cordero y junto al horror del poeta lo despedazaron y devoraron.

Esta escena de sangre y soledad hizo que Federico ordenara a su teatro ambulante continuar inmediatamente el camino.

Transido de horror todavía, tres meses antes de la guerra civil, Federico me contaba esta historia terrible.

Yo vi después, con mayor y mayor claridad, que aquel suceso fue la representación anticipada de su muerte, la premonición de su increíble tragedia.

Federico García Lorca no fue fusilado, fue asesinado. Naturalmente nadie podía pensar que lo matarían alguna vez. De todos los poetas de España era el más amado, el más querido, y el más semejante a un niño por su maravillosa alegría. Quién pudiera creer que hubiera sobre la tierra, y sobre su tierra, monstruos capaces de un crimen tan inexplicable?

La incidencia de aquel crimen fue para mí la más dolorosa de una larga lucha. Siempre fue España un campo de gladiadores; una tierra con mucha sangre. La plaza de toros, con su sacrificio y su elegancia cruel, repite, engalanada de farándula, el antiguo combate mortal entre la sombra y la luz.

La Inquisición encarcela a fray Luis de León; Quevedo padece en su calabozo; Colón camina con grillos en los pies. Y el gran espectáculo fue el osario en El Escorial, como ahora lo es el Monumento a los Caídos, con una cruz sobre un millón de muertos y sobre incontables y oscuros recuerdos.

Confieso que he vivido/1

Pablo Neruda


Llegada de Pablo Neruda a Madrid donde lo recibe Federico Garcia Lorca - José Caballero

Cómo era Federico

Un largo viaje por mar de dos meses me devolvió a Chile en 1932. Ahí publiqué El hondero entusiasta, que andaba extraviado en mis papeles, y Residencia en la tierra, que había escrito en Oriente. En 1933 me designaron cónsul de Chile en Buenos Aires, donde llegué en el mes de agosto.

Casi al mismo tiempo llegó a esa ciudad Federico García Lorca, para dirigir y estrenar su tragedia teatral Bodas de sangre, en la compañía de Lola Membrives. Aún no nos conocíamos, pero nos conocimos en Buenos Aires y muchas veces fuimos festejados juntos por escritores y amigos. Por cierto que no faltaron las incidencias. Federico tenía contradictores. A mí también me pasaba y me sigue pasando lo mismo. Estos contradictores se sienten estimulados y quieren apagar la luz para que a uno no lo vean. Así sucedió aquella vez. Como había interés en asistir al banquete que nos ofrecía el Pen Club en el Hotel Plaza, a Federico y a mí, alguien hizo funcionar los teléfonos todo el día para notificar que el homenaje se había suspendido. Y fueron tan acuciosos que llamaron incluso al director del hotel, a la telefonista y al cocinero-jefe para que no recibieran adhesiones ni prepararan la comida. Pero se desbarató la maniobra y al fin estuvimos reunidos Federico García Lorca y yo, entre cien escritores argentinos.

Dimos una gran sorpresa. Habíamos preparado un discurso al alimón. Ustedes probablemente no saben lo que significa esa palabra y yo tampoco lo sabía. Federico, que estaba siempre lleno de invenciones y ocurrencias, me explicó:

“Dos toreros pueden torear al mismo tiempo el mismo toro y con un único capote. Esta es una de las pruebas más peligrosas de arte taurino. Por eso se ve muy pocas veces. No más de dos o tres veces en un siglo y sólo pueden hacerlo dos toreros que sean hermanos o que, por lo menos, tengan sangre común. Esto es lo que se llama torear al alimón. Y esto es lo que haremos en un discurso.”

Y esto es lo que hicimos, pero nadie lo sabía. Cuando nos levantamos para agradecer al presidente del Pen Club el ofrecimiento del banquete, nos levantamos al mismo tiempo, cual dos toreros, para un solo discurso. Como la comida era en mesitas separadas, Federico estaba en una punta y yo en la otra, de modo que la gente por un lado me tiraba a mí de la chaqueta para que me sentara creyendo en una equivocación, y por el otro hacían lo mismo con Federico. Empezamos, pues, a hablar al mismo tiempo diciendo yo “Señoras” y continuando él con “Señores” entrelazando hasta el fin nuestras frases de manera que pareció una sola unidad hasta que dejamos de hablar. Aquel discurso fue dedicado a Rubén Darío, porque tanto García Lorca como yo, sin que se nos pudiera sospechar de modernistas, celebrábamos a Rubén Darío como uno de los grandes creadores del lenguaje poético en el idioma español.

He aquí el texto del discurso:
Neruda: Señoras…
Lorca: … y señores: Existe en la suerte de los toros una suerte llamada “toreo del alimón”, en que dos toreros hurtan su cuerpo al toro cogidos de la misma capa.
Neruda: Federico y yo, amarrados por un alambre eléctrico vamos a parear y a responder esta recepción muy decisiva.
Lorca: Es costumbre en estas reuniones que los poetas muestren su palabra viva, plata o madera, y saluden con su voz propia a sus compañeros y amigos.
Neruda: Pero nosotros vamos a establecer entre vosotros un muerto, un comensal viudo, oscuro en las tinieblas de una muerte más grande que otras muertes, viudo de la vida, de quien fuera en su hora marido deslumbrante, nos vamos a esconder bajo su sombra ardiendo, vamos a repetir su nombre hasta que su poder salte del olvido.
Lorca: Nosotros vamos, después de enviar nuestro abrazo con ternura de pingüino al delicado poeta Amado Villar, vamos a lanzar un grano nombre sobre el mantel, en la seguridad de que se han de romper las copas, han de saltar los tenedores, buscando el ojo que ellos ansían, y un golpe de mar ha de manchar los mateles. Nosotros vamos a nombrar al poeta de América y de España: Rubén…
Neruda:Darío. Porque, señoras…
Lorca: y señores…
Neruda: Dónde está, en Buenos Aires, la plaza de Rubén Darío?
Lorca: Dónde está la estatua de Rubén Darío?
Neruda: El amaba los parques. Dónde está el parque Rubén Darío?
Lorca: Dónde está la tienda de rosas de Rubén Darío?
Neruda: Dónde está el manzano y las manzanas de Rubén Darío?
Lorca: Dónde está la mano cortada de Rubén Darío?
Neruda: Dónde?
Lorca: Rubén Darío duerme en su “Nicaragua natal” bajo su espantoso león de marmolina, como esos leones que los ricos ponen en los portales de sus casas.
Neruda: Un león de botica al fundador de leones, un león sin estrellas a quien dedicaba estrellas.
Lorca: Dio el rumor de la selva con un adjetivo, y como fray Luis de Granada, jefe de idiomas, hizo signos estelares con el limón, y la pata de ciervo, y los moluscos llenos de terror e infinito: nos puso al mar con fragatas y sombras en las niñas de nuestros ojos y construyó un enorme paseo de gin sobre la tarde más gris que ha tenido el cielo, y saludó de tú a tú el ábrego oscuro, todo pecho, como un poeta romántico, y puso la mano sobre el capitel corintio con una duda irónica y triste de todas las épocas.
Neruda: Merece su nombre rojo recordarlo en sus direcciones esenciales con sus terribles dolores del corazón, su incertidumbre incandescente, su descenso a los espirales del infierno, su subida a los castillos de la fama, sus atributos de poeta grande, desde entonces y para siempre imprescindible.
Lorca: Como poeta español enseñó en España a los viejos maestros y a los niños, con un sentido de universalidad y de generosidad que hace falta en los poetas actuales. Enseñó a Valle-Inclán y a Juan Ramón Jiménez, y a los hermanos Machado, y su voz fue agua y salitre, en el surco del venerable idioma. Desde Rodrigo Caro a los Argensolas o don Juan Arguijo no había tenido el español fiestas de palabras, choques de consonantes, luces y forma como en Rubén Darío. Desde el paisaje de Velásquez y la hoguera de Goya y desde la melancolía de Quevedo al culto color manzana de las payesas mallorquinas, Darío paseó la tierra de España como su propia tierra.
Neruda: Lo trajo a Chile una marea, el mar caliente del Norte, y lo dejó allí el mar, abandonado en costa dura y dentada, y el océano lo golpeaba con espumas y campanas, y el viento negro de Valparaíso lo llenaba de sal sonora. Hagamos esta noche su estatua con el aire atravesada por el humo y la voz y por las circunstancias, y por la vida, como ésta su poética magnífica, atravesada por sueños y sonidos.
Lorca: Pero sobre esta estatua de aire yo quiero poner su sangre como un ramo de coral agitado por la marea, sus nervios idénticos a la fotografía de un grupo de rayos, su cabeza de minotauro, donde la nieve gongorina es pintada por un vuelo de colibríes, sus ojos vagos y ausentes de millonario de lágrimas, y también sus defectos. Las estanterías comidas ya por los jaramangos, donde suenan vacíos de flauta, las botellas de coñac de su dramática embriaguez, y su mal gusto encantador, y sus ripios descarados que llenan de humanidad la muchedumbre de sus versos. Fuera de normas, formas y espuelas queda en pie la fecunda sustancia de su gran poesía.
Neruda: Federico García Lorca, español, y yo, chileno, declinamos la responsabilidad de esta noche de camaradas , hacia esa gran sombra que cantó más altamente que nosotros, y saludó con voz inusitada a la tierra argentina que posamos.
Lorca: Pablo Neruda, chileno, y yo, español, coincidimos en el idioma y en el gran poeta nicaragüense, argentino, chileno y español, Rubén Darío.
Neruda y Lorca: Por cuyo homenaje y gloria levantamos nuestro vaso.


Recuerdo que una vez recibí de Federico un apoyo inesperado en una aventura erótico-cósmica. Habíamos sido invitados una noche por un millonario de esos que sólo la Argentina o los Estados Unidos podía producir. Se trataba de un hombre rebelde y autodidacta que había hecho una fortuna fabulosa con un periódico sensacionalista. Su casa, rodeada por un inmenso parque, era la encarnación de los sueños de un vibrante nuevo rico. Centenares de jaulas de faisanes de todos los colores y de todos los países orillaban el camino. La biblioteca estaba cubierta sólo de libros antiquísimos que compraba por cable en las subastas de bibliógrafos europeos, y además era extensa y estaba repleta. Pero lo más espectacular era que el piso de esta enorme sala de lectura se revestía totalmente con pieles de pantera cosidas unas a otras hasta formar un solo y gigantesco tapiz. Supe que el hombre tenía agentes en África, en Asia y en el Amazonas, destinados exclusivamente a recolectar pellejos de leopardos, ocelotes, gatos fenomenales, cuyos lunares estaban ahora brillando bajo mis pies en la fastuosa biblioteca.

Así eran las cosas en la casa del famoso Natalio Botana, capitalista poderoso, dominador de la opinión pública en Buenos Aires. Federico y yo nos sentamos a la mesa cerca del dueño de casa y frente a una poetisa alta, rubia y vaporosa, que dirigió sus ojos verdes más a mí que a Federico durante la comida. Esta consistía en un buey entero llevado a las brasas mismas y a la ceniza en una colosal angarilla que portaban sobre los hombros ocho o diez gauchos. La noche era rabiosamente azul y estrellada. El perfume del asado con cuero, invención sublime de los argentinos, se mezclaba al aire de la pampa, a las fragancias del trébol y la menta, al murmullo de miles de grillos y renacuajos.

Nos levantamos después de comer, junto con la poetisa y con Federico que todo lo celebraba y lo reía. Nos alejamos hacia la piscina iluminada. García Lorca iba delante y no dejaba de reír y de hablar. Estaba feliz. Esa era su costumbre. La felicidad era su piel.

Dominando la piscina luminosa se levantaba una alta torre. Su blancura de cal fosforescía bajo las luces nocturnas.

Subimos lentamente hasta el mirador más alto de la torre. Arriba los tres, poetas de diferentes estilos, nos quedamos separados del mundo. El ojo azul de la piscina brillaba desde abajo. Más lejos se oían las guitarras y las canciones de la fiesta. La noche, encima de nosotros, estaba tan cercana y estrellada que parecía atrapar nuestras cabezas, sumergidas en su profundidad.

Tomé en mis brazos a la muchacha alta y dorada y, al besarla, me di cuenta de que era una mujer carnal y compacta, hecha y derecha. Ante la sorpresa de Federico nos tendimos en el suelo del mirador, y ya comenzaba yo a desvestirla, cuando advertí sobre y cerca de nosotros los ojos desmesurados de Federico, que nos miraba sin atreverse a creer lo que estaba pasando.

-Largo de aquí! Ándate y cuida de que no suba nadie por la escalera! –grité.

Mientras el sacrificio al cielo estrellado y a Afrodita nocturna se consumaba en lo alto de la torre, Federico corrió alegremente a cumplir su misión de celestino y centinela, pero con tal apresuramiento y tan mala fortuna que rodó por los escalones oscuros de la torre. Tuvimos que auxiliarlo mi amiga y yo, con muchas dificultades. La cojera le duró quince días.

jueves, febrero 28, 2008

Granada



Graffiti - El Niño de las Pinturas

ROMANCE DE LA LUNA, LUNA

A Conchita García Lorca

La luna vino a la fragua
Con su polisón de nardos.
El niño la mira, mira.
El niño la está mirando.

En el aire conmovido
mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.

Huye luna, luna, luna.
Si vinieran los gitanos,
habrían con tu corazón
collares y anillos blancos.

Niño, déjame que baile.
Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.

Huye luna, luna, luna,
que ya siento sus caballos.
-Niño, déjame, no pises
mi blancor almidonado.

El jinete se acercaba
tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño
tiene los ojos cerrados.

Por el olivar venían,
bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.

Cómo canta la zumaya,
¡ay, como canta en el árbol!
por el cielo va la luna
con un niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran,
dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
El aire la está velando.

Federico García Lorca, Fuente Vaqueros 1898 - entre Viznar y Alfacar 1936

martes, junio 26, 2007

Lluvia

"Camarón es Dios, Garcia Lorca la Biblia, y Andalucía la Tierra Prometida"

Lluvia

Enero de 1919
(Granada)

La lluvia tiene un vago secreto de ternura,
algo de soñolencia resignada y amable,
una música humilde se despierta con ella
que hace vibrar el alma dormida del paisaje.

Es un besar azul que recibe la Tierra,
el mito primitivo que vuelve a realizarse.
El contacto ya frío de cielo y tierra viejos
con una mansedumbre de atardecer constante.

Es la aurora del fruto. La que nos trae las flores
y nos unge de espíritu santo de los mares.
La que derrama vida sobre las sementeras
y en el alma tristeza de lo que no se sabe.

La nostalgia terrible de una vida perdida,
el fatal sentimiento de haber nacido tarde,
o la ilusión inquieta de un mañana imposible
con la inquietud cercana del color de la carne.

El amor se despierta en el gris de su ritmo,
nuestro cielo interior tiene un triunfo de sangre,
pero nuestro optimismo se convierte en tristeza
al contemplar las gotas muertas en los cristales.

Y son las gotas: ojos de infinito que miran
al infinito blanco que les sirvió de madre.

Cada gota de lluvia tiembla en el cristal turbio
y le dejan divinas heridas de diamante.
Son poetas del agua que han visto y que meditan
lo que la muchedumbre de los ríos no sabe.

¡Oh lluvia silenciosa, sin tormentas ni vientos,
lluvia mansa y serena de esquila y luz suave,
lluvia buena y pacifica que eres la verdadera,
la que llorosa y triste sobre las cosas caes!

¡Oh lluvia franciscana que llevas a tus gotas
almas de fuentes claras y humildes manantiales!
Cuando sobre los campos desciendes lentamente
las rosas de mi pecho con tus sonidos abres.

El canto primitivo que dices al silencio
y la historia sonora que cuentas al ramaje
los comenta llorando mi corazón desierto
en un negro y profundo pentágrama sin clave.

Mi alma tiene tristeza de la lluvia serena,
tristeza resignada de cosa irrealizable,
tengo en el horizonte un lucero encendido
y el corazón me impide que corra a contemplarte.

¡Oh lluvia silenciosa que los árboles aman
y eres sobre el piano dulzura emocionante;
das al alma las mismas nieblas y resonancias
que pones en el alma dormida del paisaje!


Federico Garcia Lorca - Libro de Poemas (1921)



John Williams - The feather
Esto no es un blog al uso, sólo un rincón donde pongo lo que más me gusta, para disfrute propio. Es público porque tal vez en algún momento alguien necesite un texto, una imagen, una canción. Si es así, habrá servido de algo.

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